Para Susurros de Tinta, por su ayuda y por un pronto retorno ¡Qué mierda de vida!, pensó, mientras ayudaba a su madre a recoger los platos del almuerzo. Después, salió de la cocina y cogió del perchero su chupa de piel negra. Desde hacía días, las temperaturas habían descendido y apetecía echarse algo encima. Se despidió a voces desde la misma puerta y cerró con un portazo; fruto más de la corriente de la corriente de aire, que de la fuerza que imprimió. Nada más salir a la calle se enfundó en la cazadora y se subió el cuello. Encendió un cigarrillo y aspiró despacio. Debía dejarlo, pero no encontraba el momento. Se dirigió calle arriba, como siempre, hasta el bar de Rafael, el bizco. Le gustaba el café que servían allí, a pesar de que un día sí y otro no, discutía con el dueño. Descorrió la cortina de bolitas de plástico y fue hacia la barra. Joaquín, el camarero se acercó nada más verlo. —¿Lo mismo de siempre Baldomero? —Lo mismo, no vamos a cambiar a estas alturas —dijo entre die...