No miraban al suelo: miraban una grieta en el mundo. Se abría entre dos trozos de asfalto, justo donde terminaba el círculo de sus zapatos. No era profunda, pero dentro no se veía tierra, sino otra mañana. Una plaza distinta, con un sol demasiado brillante para ser real. Alguien dijo que sería humedad. Otro, que sería un espejismo producto del calor. Entonces la grieta empezó a moverse. Dentro, un niño cruzaba la plaza con una mochila azul. Caminaba deprisa, como si llegara tarde a algo importante. Cuando levantó la cabeza, miró directamente hacia ellos. Un hombre con corbata clara se llevó la mano al pecho. —Ese soy yo —murmuró riendo—, pero no recuerdo ese día. La mujer de pelo rizado y jersey oscuro vio una casa con una ventana abierta que le recordaba a la suya. El de barba reconoció a una mujer a la que no se atrevió a llamar. Otra se vio empujando el cochecito de su hijo por una calle que no era la...
Blog de María José Moreno