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Este jueves un relato: Historias alrededor de una taza de café

Para Susurros de Tinta, por su ayuda y por un pronto retorno

¡Qué mierda de vida!, pensó, mientras ayudaba a su madre a recoger los platos del almuerzo. Después, salió de la cocina y cogió del perchero su chupa de piel negra. Desde hacía días, las temperaturas habían descendido y apetecía echarse algo encima. Se despidió a voces desde la misma puerta y cerró con un portazo; fruto más de la corriente de la corriente de aire, que de la fuerza que imprimió.
Nada más salir a la calle se enfundó en la cazadora y se subió el cuello. Encendió un cigarrillo y aspiró despacio. Debía dejarlo, pero no encontraba el momento.
Se dirigió calle arriba, como siempre, hasta el bar de Rafael, el bizco. Le gustaba el café que servían allí, a pesar de que un día sí y otro no, discutía con el dueño.
Descorrió la cortina de bolitas de plástico y fue hacia la barra. Joaquín, el camarero se acercó nada más verlo.
—¿Lo mismo de siempre Baldomero?
—Lo mismo, no vamos a cambiar a estas alturas —dijo entre dientes.
Le puso la taza con el cremoso café solo y dos azucarillos. Baldomero disfrutaba viendo cómo se hundía el azúcar, poco a poco. Después cogía la cucharilla y siempre de la misma forma, siguiendo las manecillas del reloj, removía sin parar, mientras en su mente las preocupaciones se iban adueñando de sus neuronas. Un ritual diario.
Bebió un sorbo y la deliciosa mezcla llegó a su estómago y entró en vena directamente, con la consiguiente subida energética.
Observaba, pasmado, el giro de la cucharilla en la estimulante bebida y cavilaba sobre su vida.
Reconoció, a su pesar, que era un cenizo, como le llamaba su querida amiga, Susus, cada vez que él le contaba alguna de sus peripecias. ¿Qué podía hacer para evitarlo? Quería salir de aquellas situaciones embarazosas en las que se metía, sin desearlo, y que le convertían en un desgraciado. Por más que lo intentaba nunca conseguía llevar una vida normal y corriente, algo tan fácil para la mayoría de los humanos. Bebió otro sorbo y lo paladeó como si fuera un experto catador.
—¡Caramba! Con lo cutre que es este bar y el buen café que hacéis —le dijo al camarero.
—Café Catunambú, Baldomero. El de toda la vida ¿A qué sabe a gloria?
A gloria, le supo el beso que Nadia le estampó en la boca la noche anterior al despedirse. Y sin embargo, creía que no se lo merecía. Él no poseía nada que ofrecerle. Se sentía como una asquerosa cucaracha a su lado y sin embargo, la amaba como nunca antes lo había hecho.
Volvió a mover el café, pero absorto en sus pensamientos comenzó a girar la cucharilla en el sentido contrario. Joaquín que sabía de sus costumbres, se extrañó y le comentó riendo.
—¿Pues no que parece que está usted en Australia?
—¿En dónde?
—¡Coño! En Australia. Donde el agua del retrete gira en sentido contrario cuando se va.
No entendía por qué le decía aquello hasta que se fijó en el movimiento de su mano, y casi sin solución de continuidad supo que su vida debía de dar, no ya un giro de ciento ochenta grados, sino ponerse boca abajo. De esa manera terminaría con el maleficio que se cernía sobre él desde que nació.
—Esos son patrañas, Joaquín, pero me has dado una gran idea. Me voy —dijo eufórico.
—Un euro —le respondió Joaquín, dándole la cuenta.
—No te enteras, Joaquín. Digo, que me voy de Sevilla, de España. Me marcho a las Antípodas. Allí y solo allí, podré ser otra persona. Está claro como el agua clara. Un nuevo Baldomero renacerá en el lado opuesto de este bendito país. Uno que tendrá una vida normal y corriente; que ya estoy cansado, ¡joder!, de que todo me salga mal, de ser un cenizo —dijo enfadado.
—¡Anda, ya! Mira qué eres exagerado.
En aquel preciso instante la tierra tembló con tal violencia, que las botellas del anaquel, cayeron y se estrellaron contra el suelo rompiéndose en mil pedazos y derramando sus ambarinos líquidos, con un estruendo que se sumó al del propio terremoto. Baldomero agarrado a la barra, pálido, no se atrevía a moverse. Cuando la tierra se amansó y antes de que se volviera a repetir el terremoto, el camarero se dirigió a Baldo con mucha guasa.
—Cerca, pero que muy cerca, me parecen a mí esas Antípodas.
Mas historias alrededor de una taza de café en casa de Gustavo

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