El Conejo Blanco Hoy no corrí. Apoyé el reloj contra un tronco y me senté a su lado. El segundero siguió dando vueltas sin mí. Nadie se dio cuenta. He pasado media vida llegando tarde a lugares donde no quería estar. La Reina grita, el Sombrerero habla solo y Alicia ya no se asombra de nada. Todo ocurre demasiado deprisa para que tenga sentido. Me quité el chaleco y descubrí que debajo no había prisa, solo cansancio. El bosque se quedó quieto. Por primera vez escuché cómo crujía una hoja al caer. El reloj tosió, ofendido. —Si no corres, el mundo se desordena —me dijo. Lo miré con pena. —Tal vez el mundo necesita perderse un poco. Entonces ocurrió algo extraño; el tiempo se sentó conmigo. No avanzó ni retrocedió. Se quedó. Desde entonces camino despacio. La Reina grita, el Sombrerero habla solo y Alicia ya no se asombra de nada. Yo sí. Me asombra haber llegado, por fin, al lugar donde no pasa nada. © María José Moreno, 2026 Más sobre Alicia en el blog de Dafne
No miraban al suelo: miraban una grieta en el mundo. Se abría entre dos trozos de asfalto, justo donde terminaba el círculo de sus zapatos. No era profunda, pero dentro no se veía tierra, sino otra mañana. Una plaza distinta, con un sol demasiado brillante para ser real. Alguien dijo que sería humedad. Otro, que sería un espejismo producto del calor. Entonces la grieta empezó a moverse. Dentro, un niño cruzaba la plaza con una mochila azul. Caminaba deprisa, como si llegara tarde a algo importante. Cuando levantó la cabeza, miró directamente hacia ellos. Un hombre con corbata clara se llevó la mano al pecho. —Ese soy yo —murmuró riendo—, pero no recuerdo ese día. La mujer de pelo rizado y jersey oscuro vio una casa con una ventana abierta que le recordaba a la suya. El de barba reconoció a una mujer a la que no se atrevió a llamar. Otra se vio empujando el cochecito de su hijo por una calle que no era la...