Relato inspirado en esta frase: Quisiera darte todo lo que nunca hubieras tenido y ni así sabrías la maravilla que es quererte. (Frida Kahlo) Cuando conocí a Daniel , pensé que el amor era una cuestión de pedagogía. Él tenía una biografía complicada —según decía— y yo tenía una peligrosa inclinación a hacer las cosas despacio. Le di lo que nunca había tenido: atención sin prisa, mensajes sin interrogatorio, palabras calmadas… ¡Vamos! una escucha casi profesional. Le enseñé a llegar a casa sin hacer ruido, a decir gracias sin sentirse incómodo y a distinguir entre estar solo y estar libre. Daniel aprendía rápido, como quien memoriza sin comprender del todo. Mis amigas escuchaban lo que les contaba de estos avances con esa paciencia que se reserva para los errores ...
El Conejo Blanco Hoy no corrí. Apoyé el reloj contra un tronco y me senté a su lado. El segundero siguió dando vueltas sin mí. Nadie se dio cuenta. He pasado media vida llegando tarde a lugares donde no quería estar. La Reina grita, el Sombrerero habla solo y Alicia ya no se asombra de nada. Todo ocurre demasiado deprisa para que tenga sentido. Me quité el chaleco y descubrí que debajo no había prisa, solo cansancio. El bosque se quedó quieto. Por primera vez escuché cómo crujía una hoja al caer. El reloj tosió, ofendido. —Si no corres, el mundo se desordena —me dijo. Lo miré con pena. —Tal vez el mundo necesita perderse un poco. Entonces ocurrió algo extraño; el tiempo se sentó conmigo. No avanzó ni retrocedió. Se quedó. Desde entonces camino despacio. La Reina grita, el Sombrerero habla solo y Alicia ya no se asombra de nada. Yo sí. Me asombra haber llegado, por fin, al lugar donde no pasa nada. © María José Moreno, 2026 Más sobre Alicia en el blog de Dafne