El aire pesaba como plomo sobre la calle principal. Jack Miller sentía el sudor frío resbalándole por la nuca hasta perderse bajo el cuello de la camisa. Tenía los dedos a escasos centímetros de la culata de madera del revólver. Era el momento de convertirse en leyenda. Cruzó la calle buscando la penumbra de la cantina. Necesitaba un último trago de whisky, ese fuego líquido que, según él, ayudaba a morir —o a matar— con cierta dignidad. Al empujar la puerta se encontró con la madera firme y un cartel: «Domingo cerrado». No había pianista, ni curiosos, ni cantinero limpiando vasos. El escenario de su gran final estaba vacío. Buscó a Tomás «el Rojo», su enemigo, pero la calle era un desierto de polvo y madera. Entonces oyó el órgano. El sonido llegaba desde la iglesia. Se acercó y miró por el ventanal. Tomás estaba sentado en el último banco, la espalda relajada, cantando los salmos con una entrega casi insultante. Como si no tuviera una cita con la muerte....
El suceso ferroviario en Adamuz (Córdoba) ha despertado una sensación de vulnerabilidad colectiva. Lo que sentimos no es solo tristeza por las víctimas; es un fenómeno neurobiológico llamado identificación narrativa . Cuando el escenario de la tragedia es «el de siempre», nuestra ilusión de seguridad se rompe y la amígdala toma el control. Analizo qué ocurre en nuestro cerebro cuando el riesgo deja de ser una estadística y se convierte en algo personal: ¿Y si hubiera sido yo? Hay tragedias que no se quedan en las noticias. Entran en casa. Se sientan en el sofá. Viajan con nosotros al día siguiente. La tragedia ferroviaria ocurrida en Adamuz (Córdoba) no nos resulta lejana. No es un tren abstracto. Es ese tren. El que cogemos para ir a trabajar, a ver a la familia, a dar una charla, a volver a casa. El de siempre. El cotidiano. El que jamás pensamos que pueda fallar. Y entonces aparece la pregunta, incómoda y persistente: ¿Y si hubiera sido y...