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Jueveando con el amor

  Relato inspirado en esta frase: Quisiera  darte todo lo que nunca hubieras tenido y ni así sabrías la maravilla que es quererte.                                          (Frida Kahlo)        Cuando conocí a Daniel , pensé que el amor era una cuestión de pedagogía. Él tenía una biografía complicada —según decía— y yo tenía una peligrosa inclinación a hacer las cosas despacio.   Le di lo que nunca había tenido: atención sin prisa, mensajes sin interrogatorio, palabras calmadas… ¡Vamos! una escucha casi profesional. Le enseñé a llegar a casa sin hacer ruido, a decir gracias sin sentirse incómodo y a distinguir entre estar solo y estar libre. Daniel aprendía rápido, como quien memoriza sin comprender del todo.   Mis amigas escuchaban lo que les contaba de estos avances con esa paciencia que se reserva para los errores ...
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Jueveando con Alicia: Cayendo en la madriguera del conejo blanco

  El Conejo Blanco Hoy no corrí. Apoyé el reloj contra un tronco y me senté a su lado. El segundero siguió dando vueltas sin mí. Nadie se dio cuenta. He pasado media vida llegando tarde a lugares donde no quería estar. La Reina grita, el Sombrerero habla solo y Alicia ya no se asombra de nada. Todo ocurre demasiado deprisa para que tenga sentido. Me quité el chaleco y descubrí que debajo no había prisa, solo cansancio. El bosque se quedó quieto. Por primera vez escuché cómo crujía una hoja al caer. El reloj tosió, ofendido. —Si no corres, el mundo se desordena —me dijo. Lo miré con pena. —Tal vez el mundo necesita perderse un poco. Entonces ocurrió algo extraño; el tiempo se sentó conmigo. No avanzó ni retrocedió. Se quedó. Desde entonces camino despacio. La Reina grita, el Sombrerero habla solo y Alicia ya no se asombra de nada. Yo sí. Me asombra haber llegado, por fin, al lugar donde no pasa nada. ©  María José Moreno, 2026   Más sobre Alicia en el blog de Dafne  

Jueveando la fotografía: ¿Qué están mirando?

   No miraban al suelo: miraban una grieta en el mundo.   Se abría entre dos trozos de asfalto, justo donde terminaba el círculo de sus zapatos. No era profunda, pero dentro no se veía tierra, sino otra mañana. Una plaza distinta, con un sol demasiado brillante para ser real.   Alguien dijo que sería humedad. Otro, que sería un espejismo producto del calor. Entonces la grieta empezó a moverse.   Dentro, un niño cruzaba la plaza con una mochila azul. Caminaba deprisa, como si llegara tarde a algo importante. Cuando levantó la cabeza, miró directamente hacia ellos.   Un hombre con corbata clara se llevó la mano al pecho. —Ese soy yo —murmuró riendo—, pero no recuerdo ese día. La mujer de pelo rizado y jersey oscuro vio una casa con una ventana abierta que le recordaba a la suya. El de barba reconoció a una mujer a la que no se atrevió a llamar. Otra se vio empujando el cochecito de su hijo por una calle que no era la...

La historia continúa en Córdoba

        Pepe Pepino fue el primer cuento que escribí para mis nietos sin saber siquiera si algún día los tendría. Aquel personaje verde, con cabeza de pepino y venido del espacio, atrapó el corazoncito de los niños…, incluido el de mi primer nieto, Alberto, que nació poco después de que el libro se publicara. Este cuento siempre nos ha unido y ambos teníamos pendiente una continuación. El nacimiento del segundo libro, Las aventuras de Pepe Pepino en la Tierra , fue un juego entre él y yo. Queríamos inventar una historia para nuestro personaje favorito que tuviera humor y mucha imaginación. Así inventamos un planeta para Pepe, una historia de destrucción y de emigración y su llegada a la Tierra, donde por fin encontraba un hogar. En ese segundo libro, Pepe aterrizaba en nuestro mundo y aprendía a vivir en él gracias a Clara, Sergio y Luis. Con ellos descubría cómo es la vida en la Tierra, qué significa tener amigos y cómo, aunque vengamos de mundos distintos,...

Jueveando con el western: «Domingo cerrado»

  El aire pesaba como plomo sobre la calle principal. Jack Miller sentía el sudor frío resbalándole por la nuca hasta perderse bajo el cuello de la camisa. Tenía los dedos a escasos centímetros de la culata de madera  del revólver. Era el momento de convertirse en leyenda.  Cruzó la calle buscando la penumbra de la cantina. Necesitaba un último trago de whisky,  ese fuego líquido que, según él, ayudaba a morir —o a matar— con cierta dignidad. Al empujar la puerta se encontró con la madera firme y un cartel: «Domingo cerrado».  No había pianista, ni curiosos, ni cantinero limpiando vasos. El escenario de su gran final estaba vacío. Buscó a Tomás «el Rojo», su enemigo, pero la calle era un desierto de polvo y madera. Entonces oyó el órgano. El sonido llegaba desde la iglesia. Se acercó y miró por el ventanal. Tomás estaba sentado en el último banco, la espalda relajada, cantando los salmos con una entrega casi insultante. Como si no tuviera una cita con la muerte....

¿Y si hubiera sido yo?

  El suceso ferroviario en Adamuz (Córdoba) ha despertado una sensación de vulnerabilidad colectiva. Lo que sentimos no es solo tristeza por las víctimas; es un fenómeno neurobiológico llamado  identificación narrativa . Cuando el escenario de la tragedia es «el de siempre», nuestra ilusión de seguridad se rompe y la amígdala toma el control. Analizo qué ocurre en nuestro cerebro cuando el riesgo deja de ser una estadística y se convierte en algo personal: ¿Y si hubiera sido yo?   Hay tragedias que no se quedan en las noticias. Entran en casa. Se sientan en el sofá. Viajan con nosotros al día siguiente.   La tragedia ferroviaria ocurrida en Adamuz (Córdoba) no nos resulta lejana. No es un tren abstracto. Es  ese  tren. El que cogemos para ir a trabajar, a ver a la familia, a dar una charla, a volver a casa. El de siempre. El cotidiano. El que jamás pensamos que pueda fallar.   Y entonces aparece la pregunta, incómoda y persistente: ¿Y si hubiera sido y...

Jueveando con líderes espirituales: Jesús de Nazaret

  J esús de Nazaret estaba sentado al borde del camino, como si esperara a alguien. Pensé que sería un buen momento para conversar con él. Si era verdad quien decían que era, debía aprovechar la ocasión. Me acerqué y me sonrió. —Quería preguntarte si podría hablar con tu Padre. —¿Con Dios? —Sí, pero de una forma directa, sin intermediarios. Sacó un móvil del bolsillo de la túnica, viejo, con la pantalla rota. Lo desbloqueó y me lo puso en la mano. —Habla —dijo—. —¿Y si no contesta? —Siempre está disponible. Marqué. Dije mi nombre con torpeza y, al oír la voz al otro lado, me sobresalté. El teléfono se me cayó al suelo. Jesús lo recogió con calma. —No pasa nada —dijo—. Al principio siempre impresiona. No es mala gente. Me devolvió el móvil. Yo respiré hondo y añadí: —Soy la misma de antes. —Lo sé —respondió—. Te escucho. Jesús sonrió. Yo bajé el móvil, tapé el auricular y le devolví la sonrisa. Entonces se acercó y me susurró: —Vale, pero si hablas con Él y te cambia la vida, luego ...