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Este jueves un relato: Con el Alias de otro








(Idea y dirección de Dorotea. Indicaciones: El relato debe llamarse HAL.                                
Las cinco palabras a incluir son: luna-nave-frio-cantar-vivir)



HAL

Un día de un año que su memoria no recuerda, HAL, el niño del cielo, contempló con los ojos inyectados en lágrimas cómo abandonaba, a bordo de una nave nodriza, el planeta que lo había visto nacer. 
Su sol, se había apagado. 
Durante miles de años temieron lo peor y, ahora, había llegado ese terrible momento. Las sombras se habían apoderado de todo, el frío se instaló a su antojo hasta convertirse en hielo y, como enemigo que extiende sus alas se adueñó de toda la superficie del mundo, fue congelando los mares y dejando yermas las tierras. 
Si queremos vivir tenemos que marcharnos, buscar otra galaxia donde comenzar una nueva vida, decía su padre muy acalorado a su madre. 
HAL agarrado al pantalón, color plata, de su madre no entendía por qué ella se resistía a marchar y no dejaba de llorar. 
En la nave, su padre lo ayuda a sentarse en el asiento espacial y al atarle el cinturón le dijo al oído: cuida mucho de mama.
Entonces supo el por qué del sollozo inconsolable de ella y él también comenzó a llorar.  Papá no viajaría. Se quedaría en la estación de experimentación, a la espera de descifrar qué le había sucedido a su sol. Viajaría más adelante.
Se escucharon los motores de la nave y durante la propulsión del arranque agarró con mucha fuerza la mano de su madre y cerró los ojos porque estaba muy asustado. Cuando los abrió contempló  por la ventanilla un cielo negro en el que dibujaba una barrigona luna del color del pantalón de su mamá y sonrió, le gustaba la luz que desprendía. Poco después  aterrizaban en un prado verde. 
Al salir, el calor le produjo una sensación desconocida para él, como si todo su cuerpo se hubiera alegrado y sus mejillas se ruborizaron. Al fondo se escuchaba cantar a unos niños. Niños como él. 
A HAL le gustó su nuevo hogar al que todos llamaban Tierra. Sin embargo, tuvieron que pasar millones de instantes hasta que la felicidad llegara a su corazón. Eso ocurrió el día en que  su padre apareció en la casa en la que ahora vivían. 
Los tres se abrazaron y sintió lo que era el auténtico bienestar: el amor de sus padres y  un rayo de sol calentando la habitación. 


© María José Moreno, 2013



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