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¿Y si hubiera sido yo?

 


El suceso ferroviario en Adamuz (Córdoba) ha despertado una sensación de vulnerabilidad colectiva. Lo que sentimos no es solo tristeza por las víctimas; es un fenómeno neurobiológico llamado identificación narrativa.

Cuando el escenario de la tragedia es «el de siempre», nuestra ilusión de seguridad se rompe y la amígdala toma el control.

Analizo qué ocurre en nuestro cerebro cuando el riesgo deja de ser una estadística y se convierte en algo personal:



¿Y si hubiera sido yo?

 

Hay tragedias que no se quedan en las noticias. Entran en casa. Se sientan en el sofá. Viajan con nosotros al día siguiente.

 

La tragedia ferroviaria ocurrida en Adamuz (Córdoba) no nos resulta lejana. No es un tren abstracto. Es ese tren. El que cogemos para ir a trabajar, a ver a la familia, a dar una charla, a volver a casa. El de siempre. El cotidiano. El que jamás pensamos que pueda fallar.

 

Y entonces aparece la pregunta, incómoda y persistente:

¿Y si hubiera sido yo?

 

¿Qué está ocurriendo en nosotros? 

 

Desde el punto de vista psicológico esta reacción es profundamente humana. Nuestro cerebro está diseñado para detectar amenazas, pero también para protegernos de la angustia constante. Por eso vivimos con una ilusión de seguridad: esto no me va a pasar a mí.

 

Cuando una tragedia sucede en un contexto familiar, esa ilusión se rompe.

 

El cerebro no procesa la noticia como algo ajeno, sino como una amenaza potencial directa. No es empatía solamente. Es identificación, proximidad, el sistema de alarma encendiéndose.

 

El «podría haber sido yo» no es morbo: es neurobiología

 

La amígdala —estructura clave en la detección del peligro— se activa con fuerza. No distingue bien entre lo real y lo posible.

El resultado: hipervigilancia, pensamientos recurrentes, imágenes intrusivas, sensación de fragilidad, necesidad de control (y si no viajo más”). Estas reacciones son normales en los primeros días; es el proceso de digestión de nuestro cerebro.

 

No estamos exagerando. Nuestro cerebro está intentando mantenernos a salvo, aunque lo haga a costa de inquietarnos.

 

Por qué nos afecta más cuando el tren es «el nuestro»

 

Hay un fenómeno psicológico muy claro: el riesgo se vuelve intolerable cuando deja de ser estadístico y pasa a ser narrativo.

 

No pensamos en números. Pensamos en personas.

Pensamos: yo me he sentado ahíYo he mirado por esa ventanaEse trayecto forma parte de mi vida.

 

La tragedia entra en nuestra biografía mental, aunque no hayamos estado allí.

 

¿Qué hacemos con todo esto?

 

No se trata de «no pensar» ni de «pasar página rápido». Eso suele volver en forma de ansiedad.

 

Algunas claves sencillas y realistas:


  • Nombrar lo que sentimos: miedo, tristeza, vulnerabilidad. Todo cabe.
  • Reducir la sobreexposición a imágenes y noticias repetidas. Informarse no es intoxicarse.
  • Volver al cuerpo: respirar, caminar, dormir. El cuerpo también necesita entender que ahora está a salvo.
  • Hablarlo, sin dramatizarlo, pero sin minimizarlo.

 

Y, sobre todo, recordar algo importante: sentir esto no nos hace débiles, nos hace humanos.

 

Cuando la rutina se rompe, aparece lo esencial

 

Estas tragedias nos enfrentan a una verdad incómoda: la vida es frágil incluso cuando parece estable.

Y quizá por eso duelen tanto.

Porque no ocurren en un lugar lejano.

Ocurren en el trayecto de siempre.


Si hoy has pensado “y si hubiera sido yo”, no estás solo. Tu cerebro solo está intentando comprender lo incomprensible. 



Y eso, aunque duela, también es una forma de cuidar la vida.


© María José Moreno 

Comentarios

  1. Tentar entender o incompreensível por vezes nos acontece e colocarmos no lugar dos outros é preciso! Triste acontecimento!
    beijos, que a semana seja de melhores notícias, chica

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