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Sábados literarios de Mercedes





Se trata sobre todo de realizar un pequeño cuento en el que un descubrimiento científico, o la utilización de una técnica por primera vez sea el germen o centro del texto.


Conduce esta semana Juan Manuel Rodríguez de Sousa

http://rodriguezdesousa.blogspot.com/

El palo de mesana

Ian Osterloh, investigador de la empresa farmacéutica Pfizer, trabajaba en un nuevo medicamente para la angina de pecho. Era un potente vasodilatador por lo que su efecto terapéutico sobre los vasos coronarios era más que manifiesto. Ian, estaba muy orgulloso de los resultados que el ensayo clínico estaba teniendo en la fase I, II y III. Ahora venía la fase IV, el ensayo en humanos.
Reunidos en el despacho del director del proyecto de investigación, discutían la población en que sería probado el medicamento. Estaban de acuerdo con que la muestra estaría constituida por varones, puesto que el ángor es más frecuente en ese sexo, y con edades comprendidas entre cuarenta y sesenta años. El lugar fue escogido al azar. Haciendo girar un globo del mundo, el dedo de Igor se depositó en Gales en una zona llamada Merthyr Tydfil.
Robert Meyer trabajaba en una de las fábricas aeronaves de Merthyr Tydfil, ciudad situada al sur de Gales. Tenía un buen sueldo pero muchas bocas que alimentar. En los quince años que llevaba casado con Martha había tenido siete hijos, por lo que con mucha dificultad llegaban a fin de mes.
Aquella mañana al llegar a la fábrica se fijó en un anuncio que había en la puerta de los vestuarios. “Se buscan varones de entre 40 y 60 años sanos, para estudio clínico. Excelente remuneración. Interesados llamen al teléfono 12345678”
Robert, no lo dudó. Dentro de un mes sería Navidad y necesitaba dinero para los regalos para los niños. Llamó al teléfono y concertó una cita.
Le visitó el propio doctor Ian Osterloh, que tras hacerle una detallada historia clínica y una extensa exploración, le aceptó en el estudio. Le dio una caja sin nombre con siete pastillas de color azul. Tenía que tomar una antes de acostarse. Y volver a la semana. El doctor le indicó que antes de marcharse debía de pasar por caja para que le pagaran lo que le correspondía. Cuando volviera a la semana le darían el resto
Robert, muy contento con la gratificación económica que le habían dado en el bolsillo se fue a trabajar a la fábrica y se olvidó del asunto. Como era su costumbre poco después de las cinco regresó a su casa donde Martha le tenía preparada el pack de cervezas que solía beberse tumbado delante del televisor. Cenó a las ocho y sin cambiar sus hábitos a las diez y media se acostó.
Ya en la cama, recordó que tenía que tomar la pastilla y a escondidas se levantó. A su mujer no le había contado nada, porque sabía que no hubiera estado de acuerdo con que formara parte del experimento.
No llevaba ni media hora dormido cuando su mujer le despertó.
—Robert, ¿estás bien?
—Sí, Martha. ¿Qué te pasa?
—¿A mí, nada? Y ¿a ti?

—Nada.
—¿Nada? Pues, toca tus partes bajas que algo le ocurren.
Roberto bajó la mano hasta su miembro y al instante lo retiró cómo si le hubiera dado un calambrazo.
—¡Dios, mío! ¿Qué me pasa? Una intensa dureza me saludaba como si fuera un mástil.
—Robert, estás… Deberíamos aprovechar… no te parece…
A la mañana siguiente, su mujer le miró seductoramente y con ojos lascivos. ¡Estaba encantada! Robert, a su vez se sentía muy orgulloso de cómo se había portado su muchachito.
Noche tras noche, su mujer esperaba a que el mástil se desplegara en toda su extensión. A la semana, Robert fue a ver al doctor tal como le había indicado y sobre todo para cobrar la parte que le quedaba por participar en el ensayo.
De nuevo le hicieron pruebas de todas clases, y preguntaron y repreguntaron para averiguar si había tenido algún efecto secundario. Robert, negaba una y otra vez. Nada de lo que le decían le había sucedido. Le pasaron con el doctor Osterloh.
—Veo que no ha tenido ningún efecto secundario, ni enrojecimiento, ni dificultad respiratoria, ni eccemas …
Robert, le interrumpió.
—Ahora que lo dice, yo no he notado nada ningún efecto adverso, pero mi mujer sí.
—¿Cómo? ¿Su mujer? —preguntó sorprendido el investigador.
—Cosa extraña en ella, pero todas las noches ha querido jugar con el palo.
—¿Con el palo?
—Lo que le digo, doctor. Antes ella no quería, pero ahora no sé si será por la pastilla azul o porque ha dado casualidad, adora ver como mi simple verga (1) se transforma en el palo de Mesana (2). ¿Usted me entiende? —dijo guiñando un ojo.

“Los hombres que reciben tratamiento contra la disfunción eréctil deberían dar las gracias a Robert Meyer y demás trabajadores de Merthyr Tydfil, la villa galesa donde en 1992, durante unas pruebas efectuadas con una nueva droga contra la angina de pecho, surgieron los efectos secundarios que desafiaban la gravedad

(1) La verga es una percha giratoria, generalmente cilíndrica, que, colocada por la parte de proa de un palo o mástil, sirve para asegurar el grátil de una vela, a fin de poder tensarla fácilmente y orientarla de acuerdo con el viento.
(2) Palo de mesana es un palo situado detrás (más cerca de la popa) que el mástil principal o palo mayor.






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