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Jueveando la fotografía: ¿Qué están mirando?

   No miraban al suelo: miraban una grieta en el mundo.   Se abría entre dos trozos de asfalto, justo donde terminaba el círculo de sus zapatos. No era profunda, pero dentro no se veía tierra, sino otra mañana. Una plaza distinta, con un sol demasiado brillante para ser real.   Alguien dijo que sería humedad. Otro, que sería un espejismo producto del calor. Entonces la grieta empezó a moverse.   Dentro, un niño cruzaba la plaza con una mochila azul. Caminaba deprisa, como si llegara tarde a algo importante. Cuando levantó la cabeza, miró directamente hacia ellos.   Un hombre con corbata clara se llevó la mano al pecho. —Ese soy yo —murmuró riendo—, pero no recuerdo ese día. La mujer de pelo rizado y jersey oscuro vio una casa con una ventana abierta que le recordaba a la suya. El de barba reconoció a una mujer a la que no se atrevió a llamar. Otra se vio empujando el cochecito de su hijo por una calle que no era la...
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La historia continúa en Córdoba

        Pepe Pepino fue el primer cuento que escribí para mis nietos sin saber siquiera si algún día los tendría. Aquel personaje verde, con cabeza de pepino y venido del espacio, atrapó el corazoncito de los niños…, incluido el de mi primer nieto, Alberto, que nació poco después de que el libro se publicara. Este cuento siempre nos ha unido y ambos teníamos pendiente una continuación. El nacimiento del segundo libro, Las aventuras de Pepe Pepino en la Tierra , fue un juego entre él y yo. Queríamos inventar una historia para nuestro personaje favorito que tuviera humor y mucha imaginación. Así inventamos un planeta para Pepe, una historia de destrucción y de emigración y su llegada a la Tierra, donde por fin encontraba un hogar. En ese segundo libro, Pepe aterrizaba en nuestro mundo y aprendía a vivir en él gracias a Clara, Sergio y Luis. Con ellos descubría cómo es la vida en la Tierra, qué significa tener amigos y cómo, aunque vengamos de mundos distintos,...

Jueveando con el western: «Domingo cerrado»

  El aire pesaba como plomo sobre la calle principal. Jack Miller sentía el sudor frío resbalándole por la nuca hasta perderse bajo el cuello de la camisa. Tenía los dedos a escasos centímetros de la culata de madera  del revólver. Era el momento de convertirse en leyenda.  Cruzó la calle buscando la penumbra de la cantina. Necesitaba un último trago de whisky,  ese fuego líquido que, según él, ayudaba a morir —o a matar— con cierta dignidad. Al empujar la puerta se encontró con la madera firme y un cartel: «Domingo cerrado».  No había pianista, ni curiosos, ni cantinero limpiando vasos. El escenario de su gran final estaba vacío. Buscó a Tomás «el Rojo», su enemigo, pero la calle era un desierto de polvo y madera. Entonces oyó el órgano. El sonido llegaba desde la iglesia. Se acercó y miró por el ventanal. Tomás estaba sentado en el último banco, la espalda relajada, cantando los salmos con una entrega casi insultante. Como si no tuviera una cita con la muerte....

¿Y si hubiera sido yo?

  El suceso ferroviario en Adamuz (Córdoba) ha despertado una sensación de vulnerabilidad colectiva. Lo que sentimos no es solo tristeza por las víctimas; es un fenómeno neurobiológico llamado  identificación narrativa . Cuando el escenario de la tragedia es «el de siempre», nuestra ilusión de seguridad se rompe y la amígdala toma el control. Analizo qué ocurre en nuestro cerebro cuando el riesgo deja de ser una estadística y se convierte en algo personal: ¿Y si hubiera sido yo?   Hay tragedias que no se quedan en las noticias. Entran en casa. Se sientan en el sofá. Viajan con nosotros al día siguiente.   La tragedia ferroviaria ocurrida en Adamuz (Córdoba) no nos resulta lejana. No es un tren abstracto. Es  ese  tren. El que cogemos para ir a trabajar, a ver a la familia, a dar una charla, a volver a casa. El de siempre. El cotidiano. El que jamás pensamos que pueda fallar.   Y entonces aparece la pregunta, incómoda y persistente: ¿Y si hubiera sido y...

Jueveando con líderes espirituales: Jesús de Nazaret

  J esús de Nazaret estaba sentado al borde del camino, como si esperara a alguien. Pensé que sería un buen momento para conversar con él. Si era verdad quien decían que era, debía aprovechar la ocasión. Me acerqué y me sonrió. —Quería preguntarte si podría hablar con tu Padre. —¿Con Dios? —Sí, pero de una forma directa, sin intermediarios. Sacó un móvil del bolsillo de la túnica, viejo, con la pantalla rota. Lo desbloqueó y me lo puso en la mano. —Habla —dijo—. —¿Y si no contesta? —Siempre está disponible. Marqué. Dije mi nombre con torpeza y, al oír la voz al otro lado, me sobresalté. El teléfono se me cayó al suelo. Jesús lo recogió con calma. —No pasa nada —dijo—. Al principio siempre impresiona. No es mala gente. Me devolvió el móvil. Yo respiré hondo y añadí: —Soy la misma de antes. —Lo sé —respondió—. Te escucho. Jesús sonrió. Yo bajé el móvil, tapé el auricular y le devolví la sonrisa. Entonces se acercó y me susurró: —Vale, pero si hablas con Él y te cambia la vida, luego ...

Escribir a cuatro manos

  Escribir los dos últimos libros de Pepe Pepino no ha sido solo un proyecto literario.  Ha sido, sobre todo, una experiencia compartida. Todo empezó como lo hacen las cosas importantes: jugando. Inventando historias sobre ese personaje verde que tuvo que abandonar su planeta,  respondiendo preguntas inesperadas, dejando que la imaginación hiciera su trabajo. ¿Y si Pepe fuera muy curioso? ¿Y si existiera un club secreto? ¿Y si los adultos no lo supieran todo?... Escribir a cuatro manos —una grande y otra pequeña— obliga a algo muy valioso:  escuchar de verdad . Escuchar cómo mira el mundo alguien que aún no lo da por sentado. Qué le hace reír, qué le inquieta, qué le parece injusto o cuándo una historia ya no interesa y hay que cambiar de rumbo sin dramatizar. Mi papel ha sido acompañar a la creatividad inabarcable de un niño. Luego, dar forma, ordenar, cuidar el ritmo… y, sobre todo, no estorbar. La imaginación infantil no necesita correcciones constantes;...

VUELVO AL LUGAR DE SIEMPRE

  Autorretrato. Mi fuerza interior (Collage analógico) Han pasado meses, incluso años, desde la última vez que escribí aquí. Durante ese tiempo, viví en silencio muchas palabras. Acompañé procesos personales, caminé con otros desde mi consulta, enseñé, creé collages… y por supuesto, seguí escribiendo. Ha  cambiado  mucho  mi físico (la edad no perdona) y más aún mi forma de ver  y sentir lo que pasa a mí y a los míos y a mi  alrededor. Sin embargo,  mi blog, este lugar donde solía encontrarme con vosotras, quedó dormido. Hoy quiero volver. No con promesas de constancia, sino con la necesidad honesta de reconectar. Vuelvo para hablar de lo que me atraviesa como escritora, psiquiatra, profesora, mujer, madre y abuela, de lo que no siempre se dice. Aquí compartiré de nuevo relatos, fragmentos de novelas, pensamientos, imágenes, emociones y vivencias. Aquí os contaré las novedades de mis libros antiguos y nuevos.  Este blog se llama  Lugar de enc...