El aire pesaba como plomo sobre la calle principal. Jack Miller sentía el sudor frío resbalándole por la nuca hasta perderse bajo el cuello de la camisa. Tenía los dedos a escasos centímetros de la culata de madera del revólver. Era el momento de convertirse en leyenda.
Cruzó la calle buscando la penumbra de la cantina. Necesitaba un último trago de whisky, ese fuego líquido que, según él, ayudaba a morir —o a matar— con cierta dignidad. Al empujar la puerta se encontró con la madera firme y un cartel: «Domingo cerrado». No había pianista, ni curiosos, ni cantinero limpiando vasos. El escenario de su gran final estaba vacío.
Buscó a Tomás «el Rojo», su enemigo, pero la calle era un desierto de polvo y madera.
Entonces oyó el órgano. El sonido llegaba desde la iglesia. Se acercó y miró por el ventanal. Tomás estaba sentado en el último banco, la espalda relajada, cantando los salmos con una entrega casi insultante. Como si no tuviera una cita con la muerte. O como si Dios hubiera llegado antes.
Jack esperó un poco más, con la mano aún cerca del arma, aguardando a que el destino recuperara el sentido común. Pero el himno no cesaba. Al final, con un suspiro que le supo a derrota, soltó la tensión de los hombros y guardó el revólver.
Sin el calor del whisky, sin público y con su enemigo más ocupado en el perdón divino que en el plomo, la venganza le pareció un traje que le quedaba grande.
Se dio la vuelta y emprendió el camino a casa, comprendiendo que sin testigos ni aplausos, incluso las leyendas se quedan sin historia.
© María José Moreno, 2026
Este jueves: A modo de wester en el blog de Mónica

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