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El día de los difuntos




Morir y vivir son dos conceptos antagónicos pero complementarios. No es difícil pensar en la muerte sino es desde la vida y al ocuparnos de la vida se nos posiciona la muerte como algo que nos espera, esa meta a la que todos vamos a llegar un día u otro. 

Por fuera de lo puramente fisiológico, que contempla la detención de todas la actividad corporal, la muerte conlleva un significado de trascendencia ligado a lo personal, sin dejar de ser una construcción social tan diversa como sociedades y culturas hay.

La muerte es una existencia que se prolonga, una metáfora de la vida, una imagen, un sueño... dicen diferentes autores. Y también se refieren a la línea divisoria entre la vida y la muerte, relacionada directamente con espacios sagrados, con los oficiantes, con los objetos que se utilizan y en especial con los ritos, con las ceremonias, con los procedimientos estereotipados cuyo único fin es el cambio, la transformación, la regeneración humana. Conductas que a su vez asustan más que la propia muerte.

Si existe un testimonio princeps de la muerte son, sin lugar a duda, los cementerios, las sepulturas, lo que se denominan espacios geográficos de la muerte. Como dice Defontaine, «la geografía religiosa, los espacios dedicados a los muertos son, sin duda, la geografía más específicamente humana».

Del mismo modo los funerales son un rito de paso de la vida a la muerte. Un punto de conexión entre los dos mundos el de los vivos y el de los muertos. 

Los antepasados familiares se erigen como garantes del orden entre los vivos, como sentencia François Mauriac: «La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba, muchas veces y definitivamente». El eje principal es la continuidad cultural, una continuidad cultural que convierte a los antepasados en seres divinos, en guardianes del orden del universo. De ahí la relación entre muerte, mito y rito que celebramos sin darnos cuenta en estos días en función de que escojamos una tradición céltica o una tradición cristiana. 

De una u otra manera es el momento de recordar y honrar a los que han muerto, aquellos que han formado parte de nosotros y los siguen formando, aquellos con los que anhelamos, no sabemos cómo, un futuro reencuentro.


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