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Este jueves un relato: Un segundo de eternidad






Mantequilla, azúcar, harina, leche y vainilla. Juntas, revueltas, las caliento hasta hervir y con paciencia  espero a que vayan tomando cuerpo.
Un huevo, dos huevos, tres huevos...Las claras por un lado y las yemas por otro.
Las varillas baten y baten las saladas claras, al ritmo que  impone mi muñeca, y al rozar con el cristal del recipiente producen un esperanzador soniquete.
Las claras bailan al son de la música, se esponjan, burbujean, adquieren un nacarado brillo, suben y suben, hasta formar una consistente montaña que rocío sobre la dulce base.
El calor del horno lo mezcla todo, le insufla  aliento divino. El souffle crece y crece, se dora, crece y vuelve a crecer. Excitada ante tal maravilla miro por el cristal perpleja, obnubilada por mi creación. ¡Lo he conseguido!
El sonido del reloj me sobresalta, han pasado 25 minutos, ya es la hora. Mis manos, enfundadas en acolchados guantes, cogen con mimo el molde del que sobresale en altura el soufflé, por lo menos, por lo menos, cinco dedos. Respiro tranquilo,  miro arrobada.
Como un torbellino mi hijo entra en la cocina.
-¡Mira mamá lo que hago!
Acerca un alfiler al globo y lo explota entre sonoras carcajadas. Durante un instante dejo de contemplar mi obra alarmada por el estruendo. 
Cuando vuelvo mis ojos hacia ella observo que yace sin aliento, desparramada,  muerta.
Corta vida la de de mi souffé, sólo un segundo de eternidad.

Más segundos en el blog de Cecy

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