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Hasta siempre mi querida Popy


Hasta hoy no he podido despedirme de ti aquí donde te di a conocer entre mis amigos. 
Me afloraban las lágrimas nada más  pensar en escribir la  palabra Adiós y ni así he podido hacerlo por ello puse  ¡Hasta siempre mi querida Popy! 
Y qué mejor homenaje que recordar lo que escribí sobre ti no hace mucho, en un jueves, cuando vislumbraba que su final estaría cerca, uno de tantos a los que tu me acompañaste con tu callada presencia mientras tecleaba en el ordenador. ¡Va por ti!


POPY

Está sentada sobre sus patas traseras y me mira. Me mira, pero no me ve; hace tiempo que sus cristalinos se volvieron opacos, casi blancos.
Está sentada sobre sus patas traseras y mueve las orejas en un gesto característico, como si prestara atención a lo que le estoy diciendo. Imposible, no oye; hace tiempo que sus oído se endureció, dejó de alterarse ante cualquier movimiento, sonido, ruido, dejo de ladrar cuando escuchaba que alguien llegaba al portal de nuestra casa.
Está sentada sobre sus patas traseras y al poco se levanta, cambia de posición. Sus articulaciones artrósicas le provocan dolor. Cambia de postura, me mira, mueve sus orejas y de echa sobre el cojín. Uno, dos minutos…y sus ronquidos se escuchas en toda la casa. Duerme y duerme.
Ésta es Popy, mi mascota. Una perra schnauzer tierna, cariñosa y amada que ha envejecido a mi lado. Acaba de cumplir  quince años; una viejecita, como yo le digo cariñosamente con un nudo en la garganta que confunde mis palabras y lágrimas en los ojos, cuando compruebo, con el pasar de los días, que  se hace un poquito más vieja.
Mi querida Popy, la que llenó el hueco que dejó nuestra anterior mascota, Chispa, una perrita de lanas que nos dejó después de diez años, más arisquilla y traviesa.
Mi fiel Popy que a la muerte de mi padre, estuvo mucho tiempo triste,  sin comer, yendo y viniendo al dormitorio que él ocupó. Una depresión, me dijo el veterinario que tenía. Paradojas de la vida… y yo sin enterarme.
Mi afectuosa Popy que me esperaba detrás de la puerta a que llegara del trabajo, moviendo su diminuto rabo para manifestarme su alegría con grandes lametones de su rosada lengua.
Mi glotona Popy, que se subió un día a la mesa para comerse  el acompañamiento del cocido, incluído el tocino y que tardó casi una semana para digerirlo.
Popy es mayor, no ve, no oye, se asusta de todo, no le gusta que la toquen, no me da lametones…, pero aún mueve el rabo en una circunstancia: ante su plato. En el momento de la comida sufre una trasformación al estilo de Mr Jeckill; como si volviera a su juventud, danza y brinca con sus patas reumáticas esperando el alimento. Incompatible con sus achaques, pero cierto. Disfruta comiendo, más bien, devora en  instantes. Al poco, el plato está vació y vuelve sus ojos ciegos hacia mí, implorando más y más…no tiene hartura. Luego a dormir, a roncar y a soñar con el próximo plato de comida.
Esta es mi Popy. Y a mí se me encoge el alma cuando enferma, cuando no se quiere levantar de su cama o cuando no se acerca a la comida como es habitual en ella. En ese justo instante, se me hace presente su edad, su posible pérdida… No sé qué haré cuando no esté conmigo.
Por ahora continúo disfrutando de su tranquila y ausente compañía, de sus ronquidos y de su danza alrededor de la comida; espero que por mucho tiempo.
Mi amiga, mi compañera, mi mascota, como tú no habrá otra.



Hasta siempre. Nunca te olvidaré. 

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