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Este jueves un relato: Las fiestas de mi pueblo


El circo
En cuanto  se respiraba en el ambiente el olor de la resina de los árboles derretida por las altas temperaturas, sabía que pronto serían las fiestas  de la Virgen de Luna. Mi hermana Teresa disfrutaba bailando como una peonza en la plaza del pueblo al son de la orquesta; yo prefería vivir aventuras en un imaginario safari  aprovechando el circo instalado en las afueras. Con mis amigos me escondía detrás de la caseta multicolor, donde vendían las entradas, para observar, de lejos, los carromatos de las fieras. En realidad las fieras se reducían a un león de escasa melena, flacucho y seco como el ojo de un tuerto, en el que las costillas se le pronunciaban tanto que parecían querer traspasar su piel  y un tigre de Bengala, anunciado a bombo y platillo,  que más bien parecía un gato gordo al que le habían pintado unas pocas de rayas. Vigilábamos que nadie nos descubriera y entonces, pasito a pasito, nos acercábamos. Cuando ya estaban a nuestro alcance, les tirábamos piedras para despertarlos de su letargo causado, no sabíamos si por el esfuerzo de la función o por el decaimiento de la inanición. Ganaba el que conseguía que se incorporasen; casi siempre Tomasito, el hijo del zapatero, que tenía un tirachinas chulísimo  de primera categoría que le había fabricado su padre.
En aquella ocasión, el león no respondía a las provocaciones que insistentemente le hacíamos por lo que decidimos acercarnos aún más, a pesar del riesgo,  para ver qué le sucedía. Cuando acordamos estábamos al otro lado de los barrotes  con las nuestros infantiles ojos fijos en él.    De cerca  aún daba más pena, su piel agrietada, su pestilente olor y su inmovilidad nos produjo a todos un gran desconsuelo. Bueno, a todos no, porque de pronto escuchamos al tarambana de Fede, que así llamaba mi abuela a mi primo porque siempre andaba metido en problemas, decir: a este viejo carcamal hay que despertarlo; al mismo tiempo observamos una mano que tiraba con fuerza  de la larga  cola que colgaba por fuera de los hierros. O sea, lo habitual en él, dicho y hecho. La respuesta no se hizo esperar, el león giró la cabeza y lanzó un potente rugido que nos hizo recular a todos y buscar refugio. La fiera había ejercido de fiera a pesar de su aspecto.  Asustados, y perseguidos por su cuidador,  dimos por terminada nuestra aventura y nos dispersamos por el campo. Años más tarde, el león murió y fue sustituido por un viejo elefante.
Crecimos, nos fuimos a estudiar a la capital. En las fiestas del pueblo, el circo,con sus fieras dejó de interesarnos a todos en pos de un baile, lo más agarrado posible, con alguna chica, excepto  al tarambana de mi primo que consiguió que el tigre de Bengala, que en realidad sí lo era, le comiera cuatro dedos de una mano que él mostraba con orgullo como si fuera una  herida de guerra.
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