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Sábados literarios de Mercedes









LA GUARIDA DEL LOBO


Conduce una vez más Mimí:


ROJO SOBRE NEGRO


Una mano, de sedosos y delicados dedos, me atrapa sacándome de un oscuro cajón donde comparto espacio con sujetadores de puntilla a juego con braguitas y tangas.
Hoy vamos de fiesta, pienso mientras siento como me deslizo por la pierna derecha gracias a la suavidad de la seda de la media. Llego a mi posición exacta. Cinco dedos por debajo de la ingle. Ella me retoca intentando que quede en mi lugar y no me escurra con el paso de las horas, en lo que se presume será una larga noche. Sabe que soy su mejor compañero. El más fiel. El que en un determinado momento lucirá para poder seducir.
El contraste es magnífico. Rojo sobre negro. Sí, el rojo soy yo, un liguero, hecho de un delicado tejido con un fino volante de encaje a mí alrededor que termina en un pequeño lacito. El negro la media, mi amiga, mi cómplice.
Sobre nosotros cae una falda. Espero con impaciencia saber si me dejará a la vista o no. He tenido suerte. Una amplia abertura que llega por encima de donde yo estoy, posibilita que me exhiba en todo mi esplendor. Será una buena noche, le digo a la media, que no me responde. Es normal. Es muy tímida.
El tugurio se llama la Guarida del lobo. Hasta allí ha recalado mi dueña, Caperucita, para pasar un buen rato y de paso ver si pilla a alguien, que si no, no estaría yo en su pierna. Lo sé por experiencia. Un musculoso portero la piropea sobre su aspecto y ella haciéndose la inocente se mece en un seductor juego de palabras y movimientos.
Todo está muy oscuro y con cuidado para no tropezar nos encaminamos a la mesa situada cerca del escenario, donde la Cordera interpreta una melódica y bella canción. Nos sentamos. Estira su pierna derecha e instintivamente me retoca con sus delicadas manos, a sabiendas de que el señor Lobo, el dueño del local, la está mirando. Siempre lo hace, le da seguridad y le sube la autoestima.
Ella ha puesto sus ojos en él. Le gusta el riesgo, hasta el punto de que a veces hemos salido mal parados. El señor Lobo, se acerca y se sienta en la silla de al lado. Trae dos copas y una sonrisa bobalicona en su boca grande llena de dientes.
Mi dueña cruza y descruza las piernas. Éste es el peor momento, porque me somete a un restriegue que no sólo arruga y estropea mi encaje sino que me aprieta, oprime y comprime. Siempre es igual. Después de un rato de tormento, notaré una mano desconocida que intenta arrastrarme y con ello el inicio del juego.
Risas, palabras, más risas… y yo alerta, expectante, a ver qué sucede. Mientras, escucho la ansiosa respiración de la media. Tiene miedo de terminar desgarrada por el juego y consecuentemente, en el cubo de la basura.
La cantante se acerca a la mesa. Se sienta y charla animadamente con ellos. Durante un rato sólo charlan y yo me olvido. Está noche no parece que haya juego. Se lo comento a la media que suspira agradecida. De pronto, el lenguaje sube de tono, parecen divertidos, ardientes, febriles. Cuando menos lo espero me rozan. Un latigazo me ha sacado de mi letargo. Alguien juega con mi lacito. Ahora nada. La calma. Espero. Otra vez. Una mano áspera, peluda, pega tirones de mí. Caperucita la aparta. ¡Gracias a Dios! Me estaba mareando con tanto tirón. De nuevo la calma. Un suave roce. Una mano delicada que no es la de mi dueña, que sube por encima de mí. La Cordera me acaricia. ¡Uhm…me gusta! De nuevo la mano de mi dueña. ¡Deja la otra! Le grito. Es muy agradable. Otra vez, nada. Espero impaciente. Una mano, otra y otra. Todas a la vez. El juego ha comenzado. Yo, situado en la frontera intento mantenerme en mi lugar, pero me traspasan tan diferentes dedos que me tienen enloquecido de llevarme de un lado para otro.
Repentinamente, lo entiendo todo. Un menage à trois, creo que le llaman. Por mí no hay inconveniente, mientras ella lo pase bien, para mí está bien, como dicen los cursis Pero… me acuerdo de ella, la negra media. No va salir bien parada con tanta mano. Es la hora de las despedidas: Au revoir, mon ami, mon complice; efímera fue tu estancia entre nosotros. El juego te mató…
¡Cielo, santo! Que sucede aquí. Un dolor intenso me recorre de arriba abajo. Me han desgarrado. Debe haber sido el bruto del señor Lobo. Mis hilachos se terminan de desprender y caigo lentamente en el asqueroso suelo donde me pisotean repetidamente. Entonces, escucho una tímida voz que me susurra entre carcajadas: Nos vemos en la basura.






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