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Por quién doblan las campanas




         La plaza huele a azahar.
Sobre el lienzo azul del cielo, la torre de la iglesia se dibuja hasta el más mínimo de sus detalles. Las campanas repiquetean nerviosas contagiadas del feliz evento.
Clara, vestida de blanco inmaculado, entra por la puerta del pórtico sonriente, feliz, decidida a emprender una vida en común con Alfonso. Lo conoce desde que era una adolescente. Se enamoró de sus ojos claros, que contrastaban con su cabello negro, de su nariz respingona, su eterna sonrisa y sus buenas maneras. Detrás de la larga cola de su vestido de novia, unos niños ataviados con finos encajes portan las arras y los anillos con los que sellar el rito del matrimonio.
En el altar, Alfonso, henchido de orgullo, espera a la mujer que él escogió para madre de sus hijos, para esposa fiel y amante complaciente.
«Yo Alfonso te recibo a ti Clara y me entrego a ti…en la salud y así amarte y respetarte todos los día de mi vida…», dice complaciente y ella se derrite ante su mirada enamorada.
Todos los día de mi vida, todos los días de mi vida…
Una vida compartida, una vida incomprendida, una vida sin respeto, una vida de maltrato silente…

Clara sale de la iglesia escoltada por seis hombres que le prestan sus hombros. Esta vez, su vestido es de madera pino forrado de seda blanca. Sus hijos de corta edad, ojos claros y pelo oscuro, la siguen vestidos de negro y sollozan sin consuelo ante el desamparo en que su padre los ha dejado.


La plaza huele a azahar y solo se escucha el doblar de campanas.




El 2016 se nos va y por primera vez en muchos años ha descendido el número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. ¿Estarán funcionando las campañas de concienciación? 


Hay que terminar con cualquier tipo de violencia: de género, doméstica, escolar, en el trabajo, en internet... 
Educación, prevención y solicitar ayuda especializada son los caminos que hay que recorrer para terminar con esta plaga. 

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Como decía las redes presentan este mismo patró…

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