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Este jueves un relato: Un día en...



Un día en la playa

Según alguna corriente filosófica los humanos cuando nacemos somos una «tábula rasa»; es decir, una tablilla sin escribir, sin cualidades innatas, de modo que todos los conocimientos y habilidades son fruto del aprendizaje, de nuestras propias experiencias, sobre todo, de aquellos momentos sensopercibidos que impregnan nuestros sentidos. 
Hoy ha sido ese día, ese primer día en la vida de Alberto, mi nieto, en que su retina se ha visto sorprendida por el ondulante vaivén del mar con sus estelas de espuma blanca y sus oídos han captado el rítmico chapoteo del agua al morir en la orilla. Lo tenía en brazos mientras miraba extasiado la inmensidad de ese mar azul que se batía en retirada para volver al ataque, instantes después. Veía sus ojos abiertos y en su pupila el brillo de lo recién descubierto. Reía, lo abrazaba, lo besaba y pensaba: «ahora todo esto ya forma parte de él». Una nueva experiencia que, sin duda, lo conformará de una manera peculiar. Después, sus manos y sus pies pisaron esos millones de partículas de rocas disgregadas que nosotros llamamos granos de arena, su cuerpo se hundía en ella bajo su peso y seguía sonreído.  Y en ese instante, mi corazón brincó de emoción. No solo él estaba vivenciando ese instante, yo también formaba parte de su maravilloso encuentro con la naturaleza. De ese día en que su mente supo de la inmensidad del mar, que tuvo esas sensopercepciones que han dejado grabadas sus huellas en sus límpidas neuronas y que ya forman parte del acerbo de su memoria. Aún es pequeño y necesitará de refuerzo para que identifique lo que ahora es tan solo una color, un rizo, una estela, un ruido, una textura..., pero ahí esta la grandeza del ser humano, en ir llenando esa tablilla día a día hasta conformar toda una vida de vivencias vividas. Y lo mejor de todo es que yo he compartido ese día, ese gran día en que él conoció por primera vez el mar.

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