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Este jueves un relato: Visita en el convento


El pollo

Sor Felicidad paseaba por el huerto leyendo su breviario a la caída de la tarde, como hacía todos los días. La monja entró el convento a la edad trece años. Su madre había muerto de unas fiebres y su padre, poco entendido, creyó que un convento era el mejor lugar para la educación cristiana de su amada hija, despojada de figura materna.
Cuando Felicidad tomó los votos, como era una orden de clausura, no volvió a pisar la calle. Su vida transitaba entre rezos, la cocina y el huerto. Despierta y vivaz, contagiaba alegría con su sonrisa sincera y con los cánticos, que de vez en cuando se le escapaban y que la madre superiora le permitía debido a su juventud.
Aquella tarde, sin que ella se diera cuenta, un pollo de los que criaban en el convento se refugió bajo las amplias faldas del hábito de la monja. Ella notó una extraña sensación en las piernas, que no supo identificar y que achacó al roce con las malas hierbas crecidas tras las últimas lluvias; se dijo que al día siguiente debería arrancarlas y continuó su paseo concentrada en los rezos, sin echar más cuentas.

Al poco, sintió un dolor fino y agudo, como un picotazo, y esta vez no lo pudo evitar y gritó. El resto de hermanas que trabajaban en el huerto, atónitas ante el chillido, la miraron con extrañeza y sor Felicidad, les sonrió y disimulando el dolor que sentía, prosiguió su paseo. De nuevo, la misma sensación, una y otra vez. Cuando no pudo aguantarlo más, ante la desconcierto de la congregación, se remangó la falda hasta la rodilla dejando al descubierto sus piernas blanquecinas y como no, al malhechor: un pollo que ensimismado con los tobillos de la monja no dejaba de picotearlos. Sor Felicidad movió convulsamente las piernas para librarse de él y como el animal se resistía, en aquella locura lo pateó, de tan certera manera, que fue a estrellarse contra el muro de piedra, concluyendo así la vida de pobre pollo indiscreto. 
Las  hermanas se santiguaron con las bocas abiertas ante aquel espectáculo y sor Felicidad, mientras se bajaba la ropa y recolocaba el hábito las miró y como si no hubiera sucedido nada dijo: A cada pollo le llega su San Martín.

Más de conventos en casa de Rodhea
© María José Moreno, 2013

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