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Los jueves un relato: La Edad Media





Siendo un jueves dedicado a la Edad Media no podía faltar. No tenía muchas ganas porque la gente no me suele mirar bien, pero tras pensarlo, y mucho, he decidido que sería una buena idea participar para dejar las cosas claras, de una vez por todas.
No soy gracioso,  no soy bonito, no soy suave ni delicado. 
Si algo me caracteriza es que las mujeres me odian.  Impenitente viajero en permanente exposición estoy cansado de observar el desprecio en sus lúgubres miradas, mezcla de curiosidad y horror. ¿Y los hombres? Los hombres, me miran de reojo, temen que su interés y deseo les delate. Sé que más de una vez habrán soñado con poseerme, tenerme entre sus manos y usarme en ciertas  ocasiones en las que  las dudas, los celos o los temores se hayan apoderado de su conciencia.
Sin embargo, si estoy atento, en ciertos grupos, escondidos entre la multitud detecto unos ojos anhelantes que me miran de frente, sabiendo lo que yo les puedo aportar. Entonces, da igual el sexo; hombres y mujeres sucumbiendo a la imaginación perversa; ahí está mi público que me idolatra, donde yo encuentro mi razón de existir.
Y existí, y ahora vengo a terminar con la leyenda urbana medieval, no desde que el Cid Campeador me mandara fabricar por un herrero para ponérselo a su mujer, doña Ximena, mientras él se iba a combatir contra el moro. ¡Falso!  El pobre Cid Campeador no tuvo más delito que ponerle nombre a todo, al caballo le llamó Babieca, a la espada Tizona... y para colmo estar en boca de todos por los siglos de los siglos en un famoso poema. O sea, que fuera el cenizo de que me inventó y me usó,  eso no es más que otra  españolada.  Todo un mito enfermizo que ha ido de boca en boca. 
Quién de verdad me utilizó  fue un médico londinense en el siglo XIX,  que me mandó fabricar  para controlar los excesos de ciertas señoritas que no paraban de tocarse en sus "partes", según sus victorianas mamás. Debí  ser una tortura para esas jóvenes, no me extraña que me odien y aborrezcan. 
Menos mal que el hombre y la mujer  en su sublime creatividad me procuro una  mejor utilidad pasando de objeto de represión a objeto de placer....y en ello continúo y no me va mal, pues me he modernizado muchísimo y eso me hace sentir bien. ¡Ah! por cierto, perdonen que haya sido un maleducado, lo primero que debía haber hecho era presentarme:  soy el cinturón de castidad y aquí estoy para serviles a todos ustedes
 ;-)


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