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Este jueves un relato: Soledad

Gracias a todos los que habeis participado con vuestros relatos y tambien a aquellos que os habeis detenido a leerlos y comentarlos. Ha sido muy fácil para mí conducir  este jueves por la calidad literaria y sobre todo humana de todos los que nos hemos reunido alrededor de este proyecto.
El próximo jueves, volverá a ser dirigido por Gustavo

Una convocatoria literaria. ¡Este jueves un relato!: SOLEDAD



Los que se han atrevido con este interesante tema son:

GUSTAVO
NATÀLIA
SUSURROS DE TINTA
PEPE
YONKI
ARDILLA ROJA
VERONICA
TESALO
ALFREDO
CASANDRA
CESAR
SERPAI
MAAT
TERESA CAMESELLE
NEOGEMINIS
MARIA LIBERONA


Mi relato: Triste soledad

No conozco lo que es la soledad. De niña, mi casa siempre bullía de gente.
Mi madre marchaba de madrugada con mi padre al campo donde trabajaban, codo con codo, con mis tíos. Mi abuela removía el potaje que hervía en la gran olla puesta en el fuego, durante horas. Debe hacerse a fuego lento, me decía, de esa manera se mezclan muy bien los sabores de todos los alimentos y el resultado es exquisito. Todos vivíamos en unos pocos metros y me sorprendía tropezarme con toda aquella gente que formaba parte de mí. Por la noche mis hermanos y yo nos sentábamos alrededor del fuego a escuchar las historias que contaba mi tío Prudencio. Conocía miles de cuentos y nos embelesaba al hacernos los protagonistas de sus entrañables historias.
Fui a la escuela, por poco tiempo, lo justo para aprender las letras y los números; a mal leer y escribir. Cuando alzábamos el metro de estatura dábamos la talla para poder con las labores agrícolas y a ello nos dedicábamos de por vida.
Me casé y tuve muchos hijos. Vivíamos en mi casa, todos juntos.
No estuve sola ni un instante. Tenía un esposo que me cuidaba y amaba, alguno de mis hijos tirándome del delantal a todas horas, mi padre fumando un cigarro al calor de la lumbre, mi madre amasando la blanca harina con la que realizaba unas deliciosas rosquillas, mi tía meciéndose en la mecedora mientras tejía pañitos de crochet. Y yo dedicada a todos y dando gracias a Dios por la familia con la que me había favorecido.
Cuando envejecí me tocó enterrar a las personas queridas. Sola entre aquella viejas paredes me dejé convencer por mis hijos para cerrar la casa. Me fui a vivir con ellos. Tengo seis hijos y decidieron que pasara un mes con cada uno de ellos. Cada día 1 hago la maleta con las pocas pertenecías que poseo y me dispongo para el cambio de casa. En el último cambio de domicilio, en lugar de llevarme a casa de mi hijo Pedro me dejaron en una residencia de ancianos, por mi bien, dijeron.
Ahora sí sé lo que es la soledad.

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