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El último viaje de Elena (III)



El avión se puso en marcha camino de la pista de despegue y Elena se agarró con fuerza a los brazos de la butaca mientras miraba por la ventanilla. De nuevo sintió palpitar su corazón. Desde hacía días, ese órgano  poseía un ritmo propio que ella era incapaz de controlar. De pronto, una mano se posaba sobre la suya y giró la cabeza.
—No te preocupes. Cierra los ojos y verás que estupenda sensación. No hagas caso del ruido. Aíslate y fantasea con unas enormes alas con las que vas a comenzar a volar. Es lo que yo hago siempre.
Elena hizo lo que le aconsejó su compañera y comprobó que llevaba razón. Se sintió como un pájaro, libre de ataduras y con el cielo por morada. Abrió los ojos y le agradeció las indicaciones. Ella le respondió con un entrañable apretón en la mano y una tierna sonrisa.
—Perdona, no me he dado cuenta y te he tuteado —le dijo la chica.
—No importa, vamos a compartir muchas horas en este avión.
Abrió el bolso para coger un pañuelo y vio la tarjeta postal, una instantánea de la Estatua de la Libertad con Nueva York al fondo. La sacó y volvió a leerla de nuevo. “Nunca he podido olvidarte. Nueva York es muy grande y sigo sólo. Siempre te esperaré. Ricardo”. La recibió hacía ya dos años. Desde entonces la mantuvo oculta entre su ropa interior para que Tomás no la descubriera.
—¿Un amigo o un novio? —preguntó la compañera.
Elena la miró extrañada y, sin saber cómo, empezó a relatarle la historia:
—Cuando comencé mis estudios de enfermería me enviaron a la sala de infecciosos. El profesor visitaba los pacientes acompañado por un estudiante de medicina: alto, moreno, y muy guapo. El chico me miró y yo me puse roja como una amapola, con la consiguiente risita por su parte. Después me enteré que se llamaba Ricardo y estudiaba el último curso de la carrera. Desde entonces, cada vez que nos encontrábamos nuestras miradas se cruzaban; y así, poco a poco, nos fuimos enamorando.
—¡Qué emocionante! —dijo ella.
—Es la primera vez que lo cuento. Nadie lo sabe. No sé por qué te doy la lata con estupideces de mi pasado. Discúlpame.
—No. Por favor, sigue. Me interesa mucho tu vida.
Elena no entendía cómo podía sincerarse con una desconocida, pero esa chica tenía algo que invitaba a confiar y ella necesitaba hablar con alguien. Demasiado tiempo en silencio.
—Pasamos unos meses tonteando hasta que me invitó a dar un paseo. Yo acepté de inmediato y nos citamos en el kiosco de la música del parque. Me puse mi mejor vestido y mi compañera de cuarto me peinó con un moño para parecer mayor. Nunca he olvidado la cara que puso cuando me vio aparecer por el paseo de los tilos. Me comía con los ojos y yo me creía la mujer más feliz del mundo. Paseamos durante un buen rato y luego nos escondimos detrás del enorme tronco de uno de los árboles y nos dimos nuestro primer beso. Fue mi primer amor y único amor.
—Has sido muy afortunada al poder sentir algo así.
—¿Tú crees? Cuando terminó el curso y nos despedimos, se me vino el mundo abajo. Además, al llegar a casa supe que mi madre estaba muy enferma. Nunca retomé mis estudios porque tuve que cuidar de ella. Ricardo intentó ponerse en contacto conmigo; mi padre se lo impidió. Su intención era casarme con Tomás, el hijo mayor de una rica familia del pueblo. Y así fue.
Al rememorar aquellos momentos, Elena volvió a sentir un intenso odio hacia su padre. Odio que no le impidió besarle cuando él en su lecho de muerte insistía en que le perdonara. Aprendió a vivir para los demás, a conformarse con lo que tenía.
—¿Qué pasó después?
—Me casé con diecinueve años con un hombre de veintiocho al que no amaba y que me llevó de pueblo en pueblo hasta que consiguió establecerse en Valladolid. Era director de banco. Visité a todos los médicos importantes de la época porque no me quedaba embarazada, hasta que con veinticinco años di a luz a su hijo y dos años más tarde a su hija. Había cumplido con mi función reproductora y comenzaba el cuidado de la prole. Noches de insomnio y días de preocupación sin nadie a mi lado, sin nadie con quien compartir la tristeza o la alegría; pero, eso sí, siempre dispuesta al requerimiento de mis funciones como esposa cuando a él se le antojaba. Así durante treinta y seis años. Sin personalidad propia, siendo sólo la mujer de Tomás. Hace dos años, recibí esta postal de Ricardo. La guardé como si fuera mi mejor trofeo. Aún me recordaba y me esperaba.
—¿Vas a buscarle?
—Sí. Aunque no tengo ninguna dirección. Sólo sé que trabaja en un hospital de allí. Pero no importa. Es el momento de comenzar a vivir. Cuando tomé la determinación de marcharme, sentí una gran liberación. Volvería a ser yo. Volvería a amar.
—¿Qué te hizo decidirse?
—Recibí un sobre.
—¿Cómo?
—Cogí del buzón un sobre a mi nombre que contenía un DVD, en el que habían filmado a mi orondo marido manteniendo relaciones sexuales con diversas mujeres relativamente jóvenes, en distintos lugares semipúblicos. Algún enemigo suyo había hecho un buen trabajo.
—¿Le dijiste algo?
—Nada. No merecía la pena. Además, no quería que me embaucara con su excelente palabrería. Lo guardé y en una semana, sin que se diese cuenta, lo preparé todo. Ayer, después de sacar el dinero que teníamos en la cuenta común, cogí el AVE a Madrid. Y aquí estoy.
—Has sido muy valiente.
—¡Qué va! Estoy muerta de miedo. No quería seguir viviendo en una mentira. Nunca le he querido y quizás tampoco él a mí. Lo poco que me quede de vida, quiero estar con Ricardo. Sé que ya no será el mismo, como yo tampoco lo soy; pero lo que surgió entre nosotros era sincero y puede resurgir, ¿no crees?
—El amor es lo mejor de la vida. Con amor nunca te sentirás sola.
—He tenido mucha suerte de que te sentaras a mi lado. Qué extraño es el destino. Siendo tan joven como eres y sin conocerte de nada he logrado contigo más confianza que con nadie en toda mi vida. Me alegra saber que piensas como yo. Voy a la búsqueda de mi primer amor. Me siento feliz. ¡Uff! ¡Qué sueño me está entrando! Llevo una semana que no pego ojo.
—Aprovecha para dormir. El viaje es largo. Sujeta con fuerza la postal y soñarás que estás con Ricardo.
—Gracias, eres un encanto. Despiértame cuando lleguemos, por favor.

El Mundo
Europa Press
Pasajera muere en un vuelo de Madrid a Nueva York.
E.G.J. mujer, de cincuenta y cinco años de edad, fue encontrada muerta en el asiento que ocupaba en el vuelo IB 6251 que salió ayer por la mañana de Madrid con destino a Nueva York. La pasajera viajaba sola, según hemos sabido. Interrogado el sobrecargo, manifestó que la tripulación pensaba que dormía y, dado que los asientos contiguos a ella no fueron ocupados, no se percataron de lo que sucedía hasta que el avión tomó tierra y se acercaron a despertarla. A la espera del dictamen médico tras la autopsia, todo parece indicar que fue un fallo cardíaco la causa del deceso.

FIN

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