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¡Este jueves, un relato!


El par de ...

Aquella mañana apagué la alarma del despertador antes de que sonara. No había pegado ojo en toda la noche. Estuve dando vueltas en mi cabeza a la presentación que tenía que hacer. No me gusta hablar en público. No es que tenga fobia social, propiamente dicha, pero me cuesta arrancarme y cuando lo hago no hay quien me detenga, pero lo importante es que lo hago bien o por lo menos eso me dicen.
El día anterior, mi jefe de sección, al que aprecio por su profesionalidad y el excelente trato que siempre me ha dispensado, me indicó que a la mañana siguiente en la sala de juntas, tendría que exponer públicamente mis ideas respecto a una nueva línea editorial. Había quedado una vacante en la sección de marketing y él pensaba que era la persona idónea para ocuparla. La única pega, me dijo muy serio, es que tendrás que competir para el puesto con el ojito derecho del Director General.
En pie y superado el primer instante del encuentro con muchos ojos fijos en mí, di paso a mi exposición y a responder a cuantas preguntas me realizaban los miembros del Consejo de Dirección. Un aplauso final me corroboró que no me equivocaba con la magnífica sensación que tenía. Satisfecha, por un trabajo bien hecho, me senté en el filo de la silla; eso sí, impaciente y tensa a la espera de la intervención de Manolo. Tenía cierta aprensión dado lo cínico y cruel que podía llegar a ser aquel señor.
Manolo se levantó pavoneándose, con un andar seguro que denotaba superioridad. Se dirigió al atril y se puso las gafas. Nos miró desafiante, y yo sentí como se me revolvía el estómago y tenía que ahogar una naciente arcada.
—Señoras, señores. Agradezco la oportunidad que me brindan y la atención que me prestan, aunque sé que voy a tener un duro contrincante en “el par de tetas” que me ha precedido —dijo con una sonrisa de hiena para hacer un chiste.
Enrojecí. Me sentí un guiñapo. Le odié. Era un maldito bastardo. Mis ojos se cruzaron con la lasciva mirada del Director General. Me hundió. Nadie le dijo nada. La mayoría reían, otros ocultaban su cara y las consejeras no se querían dar por aludidas, como si ellas carecieran de tetas.
Utilizar aquellas tres palabras me destrozó hasta límites insospechados. Me destruyó como persona y como profesional. Por supuesto no conseguí el puesto y desde entonces estoy sometida a un costoso y poco efectivo tratamiento psicológico.
Mi rencor hacía ese mal nacido es tan grande que llega a ahogarme. Le maldigo a diario y le deseo lo peor. El objetivo que me moviliza cada mañana es el de vengarme y no pararé hasta que lo haga.
El psicólogo me dice que si no controlo esos sentimientos nunca seré feliz, ni encontraré la paz. A menudo, pienso que puede llevar razón y que debería perdonar lo que me hizo y tirar hacia delante. Al instante me arrepiento de esa reflexión. ¡Al cuerno!, me digo. Si él no tuvo compasión conmigo, ¿por qué habría de tenerla yo con él? ¡Qué le parta un rayo y que las alimañas le devoren las entrañas! , exclamo en voz alta. No pararé hasta que se trague aquellas tres malévolas palabras. ¡Lo juro, por mis tetas!


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