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Sábados literarios de Mercedes



¿Y quién se comió al gato?
Conduce Mimí:


Genaro entró a trabajar como criado en casa de doña Remigia cuando su marido don Félix de Astorga, que en paz descanse, pasó a mejor vida. En este año se cumplirán quince de llevar a su servicio. Había visto envejecer a su señora y también había comprobado cómo sus diez nietos pululaban cada vez más por la casa, conforme la abuela envejecía. En realidad el amo de la casa era Ceferino. De porte más bien recortado, pelo canoso y con brillantes y enigmáticos ojos verdes. Lo mejor de Ceferino era su larga cola, del grosor adecuado y siempre tiesa.
Doña Remigia disfrutaba cuando Ceferino le ronroneaba encima de sus muslos, mientras ella leía con sus vivos ojos o cosía alguna labor. Cuando ella le acariciaba, él se lo agradecía con audibles y melódicos aullidos. No se separaban nada más que de noche, cuando el pendenciero minino, se dedicaba a saltar entre los tejados del barrio a la caza de alguna linda gatita.
La apacible vida de la anciana se vio interrumpida por un luctuoso hecho, la desaparición de Ceferino y el descubrimiento de un esqueleto de animal detrás, de la alacena.
—No sabía Genaro que fuera usted detective —dijo doña Remigia limpiando con un blanco pañuelo sus llorosos ojos.
—Ni yo. Pero este entuerto hay que arreglarlo, y se le ve tan triste. Lo primero es averiguar a qué animal corresponden los huesos. Iré a platicar con el boticario y con el médico y veré qué puedo averiguar. Mientras tanto, hable con sus nietos, doña Remigia, yo creo que alguno de ellos le tenía ojeriza al gato, sobre todo desde que se enteraron de lo que llevaba al cuello.
—Pobrecito mi Cefe, que final más trágico ha tenido —se lamentó doña Remigia entre sollozos y suspiros.
Pasaron unos días.
—Mire doña Remigia, que dicen el boticario y el médico, que los huesos podrían muy bien ser de gato pequeño, aunque también se parecen a los de conejo. O sea, que no he sacado nada en claro. Pero, hagámonos a la idea de que son de gato para poder seguir investigando. El paso siguiente es averiguar, ¿de qué gato se trata? Ceferino lleva una semana desaparecido. Lo hemos buscado por todo el barrio y hemos puesto su comida preferida en la puerta de la calle para que le sirviera de reclamo y no ha aparecido.
—¡Alguien se ha comido a Ceferino! —exclamó la ancianita en un grito.
—Eso parece. Mañana interrogaré a sus nietos, si usted me lo permite.
—Por supuesto, Genaro. Tienes que hacer cualquier cosa para descubrir ¿quién se ha comido el gato?
La anciana se retiró a su dormitorio y comenzó a dar vueltas a una imagen que cada poco se le venía a la cabeza. En ella veía a Ceferino todo peladito, sin piel, bien asadito y puesto cuan largo era en una fuente, rodeado de patatas cocidas. Este detalle, la estaba volviendo loca y estaba segura que era obra del demonio, y que la estaba poniendo a prueba. Iría a confesarle al día siguiente, se dijo.
A media noche, Genaro que andaba rumiando sobre el asesinato del gato, oyó unos ruidos extraños en la cocina, que le aceleraron el corazón. Pensando que fueran ladrones, se armó de un grueso bastón, y en camiseta y calzoncillos largos, salió a ver qué sucedía.
Doña Remigia sacaba un conejo de la jaula, lo cogía de las orejas, y le daba un golpe certero a la altura del cuello provocando la muerte instantánea del animal. Entonces lo desangraba, le quitaba la piel, lo salaba, le ponía encima hierbas aromáticas y lo metía en la cazuela rodeado de patatas. Al instante, Genaro pensó que la dieta que el médico le había puesto a su señora le hacía pasar hambre y ella lo suplía de esa manera. Suavemente la llamó por su nombre pero no le respondió, se puso a su lado y no notó su presencia.
—¡Albricias, la vieja es sonámbula!—exclamó en voz alta.
Tuvo una revelación. Ni el gato pendenciero se había ido de juerga con una gatita blanca, ni los avariciosos nietos habían matado al minino para llevarse el diamante que llevaba al cuello. Había sido la misma doña Remigia, la que se había comido al gato por equivocación, al confundirlo con un conejo.
Subió hasta el dormitorio de su señora y entre sus joyas halló el collar del pobre minino. Nunca se lo diría, mejor dejarla en la ignorancia, se dijo a sí mismo, y todo orgulloso se fue a la cama. Ya podría dormir con el caso resuelto. Antes pasó por la cocina donde la ancianita, comía a dos carrillos y se chupaba los dedos con vehemencia.

Ceferino

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