miércoles, 3 de septiembre de 2014

Este jueves un relato: El mar









A la caída de la tarde cuando el sol rojizo jugaba al escondite con el horizonte, Carlos abandonaba la seguridad de su hogar. Con paso titubeante, ayudado por su madre cruzaba la carretera hasta adentrarse en las dunas. Con su bastón como puntal sorteaba el hundimiento que su peso provoca en la movediza arena.
Oía los graznidos de las gaviotas, a esas horas de pesca, y  él, las imaginaba volando en círculos sobre su cabeza.
La firmeza de la arena mojada le advertía que estaba cerca de la orilla. De esa orilla a la que iban a morir las pequeñas olas. Olas pequeñas, porque apenas escuchaba un leve rumor acompasado en sus ir y venir.
«Nada que ver con las de las semana pasada; esas se estampaban alborotadoras con un estridente ruido», pensó mientras caminaba paralelo al margen. A ese margen que separaba lo seco de lo mojado y que tenía que respetar si no quería que sus zapatos deportivos se empaparan de agua.
Siempre contaba ciento cincuenta pasos y se detenía. Se sentaba a esperar que la brisa fresca sacudiera su cara, respiraba hasta que ya no le cogía más aire en los pulmones y reía. Todo iba bien.
Después aspiraba el olor tan especial que el mar tenía. Su madre le decía que era olor a salitre: una mezcla de sal, pescado y algas; para él era el olor de la libertad. 
Se concentraba en el murmullo de las olas mientras se caldeaba con los últimos rayos solares. Siempre el mismo ritual, la única manera de no enloquecer.
Sin esperarlo, sintió algo que rozaba sus pies. Sobresaltado fue palpando hasta que su mano tropezó con una superficie pulida. Era una botella de cristal. Apenas pesaba y un tapón de corcho clausuraba su boca. Enseguida lo adivinó. «Una botella con mensaje», se dijo.
La dejo a un lado y se tumbó a imaginar una romántica historia de amor escrita en aquel papel que había surcado los mares hasta llegar a sus manos. Durante un buen rato estuve  regocijado en aquella aventura.

Desde que había perdido la vista en aquel trágico accidente, solo le quedaban los ojos de la imaginación; con ella era feliz, porque fabricaba un mundo a su medida en el que él lo podía TODO..., hasta ver.

Más en el blog de Alberto: Letra a letra, paso a paso

domingo, 17 de agosto de 2014

Cierre del jueves






Con la amenza de dos nuevos casos infectados por el virus del Ébola en la ciudad de Alicante, despedimos este jueves. 
Recuerdo que el profesor de Microbiología que tuve en la facultad dijo una vez que los virus acabarían con la Humanidad y de ahí la inspiración de mi relato. Espero que se equivoque.
Gracias a todos por vuestra magnífica participación y el próximo jueves nos vemos en con Alfredo en su blog La plaza del Diamante. 
¡Hasta la próxima!

jueves, 14 de agosto de 2014

Este jueves un relato: Virus









Sir Arthur Rolling llevaba caminando por la selva cuatro días. Según el mapa que consultaba cada pocos metros, enseguida daría con la ansiada tumba. Toda una vida dedicada a encontrar los restos de una tribu perdida que adoraba al dios sol y de la que se decía que era tanta su riqueza que la exhibían por los caminos.
Había atravesado tres fronteras buscado a quién supiera el significado de aquel mapa que había hallado entre las pertenencias de un misionero muerto de una desconocida enfermedad.
En la selva todo eran ruidos, llevaba tanto tiempo andado por ella que casi ni lo percibía, por eso llamó su atención que de pronto se hiciera un silencio sepulcral, justo cuando llegaba a la zona marcada con una “x” en el plano. Se paró de golpe y oteó a su alrededor. No le fue difícil descubrir una cueva escondida entre la maleza tapada por una piedra. Con un fuerte rama hizo palanca hasta que consiguió una pequeña apertura. Se adentró por los pasadizos oscuros y fríos apenas iluminados por la antorcha que portaba. Unos minutos caminando y llego a una especie de sala. Acercó la llama y contemplo cientos de cadáveres momificados apilados, formando una pirámide en cuyo vértice reposaban el rey y la reina. A su alrededor, como si fuera una barrera que los protegiera estaba el gran tesoro: utensilios de todas clases de oro y plata labrados y adornados de piedras preciosas, abalorios, joyas… Su emoción era tan grande que se sentó en el suelo a contemplar el espectáculo. Cuando se repuso franqueó la barrera para ver mejor las momias y en especial a la reina. Sus rasgos eran de gran belleza a pesar del tiempo y la momificación. El caballero se sintió tan atraído  por ella que le acarició el rostro.
La maldición que pesaba sobre aquellos restos se puso en marcha. En su piel quedó prendido el tan temible virus que a pesar de los siglos vivía en la reseca piel para proteger a su reina de los intrusos.
A sir Arthur lo encontraron muerto en mitad de la selva, sangraba por la boca. Los que lo portearon hasta el poblado cercano se contaminaron y así se desencadenó la mayor plaga que el mundo ha soportado desde que es mundo. Solo sobrevivimos unos pocos, los que huimos en naves espaciales y que ahora buscamos una tierra donde asentarnos.

Harold cerró el libro de cuentos y arropó a su princesita que dormía desde hace tiempo. Salió del dormitorio y fue hasta el salón, se tumbó delante del gran ventanal junto a Jodi. Les gustaba contemplar  las estrellas antes de ir a dormir.

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