Todos los sábados del año, mis amigas y yo, nos reunimos para almorzar. Festejamos que el marido de Purita la abandonó por una chica, más joven, que conoció en internet y que ella se quedó en la gloria. Como repite hasta la saciedad: Lo que le ha caído a la internauta, no tiene nombre.
Esta amiga disfruta comiendo, por ello pensamos que lo que más le gustaría sería instituir ese día, libres de trabajo, para congregarnos en una opípara comida.
Estos largos almuerzos suelen terminar en un prolongado café con chistes.
Tengo que confesar que no me gustan demasiado los chistes, pero sobre todo ¡ODIO LOS CHISTES MACHISTAS Y FEMINISTAS! Cuando mi amiga Patro se entretuvo en explicarnos, por enésima vez, qué son dos neuronas en el cerebro del hombre (había aumentado una respecto a la semana anterior), desconecté.
En la mesa contigua a la nuestra, cuatro hombres celebraban un almuerzo de trabajo. Discutían, sobre unos folios desplegados en el mantel, cada vez más acalorados. No soy muy fiable, pues me suelo equivocar, pero juraría que ninguno sobrepasaba los cuarenta. Vestían uniformes de ejecutivos y no dejaban de beber el tinto que, repetidamente, el camarero vertía en sus copas.
Pendiente de lo que hacían y decían, mi mirada se cruzó con la de uno de ellos. Alto, moreno de pelo, aunque con entradas canosas, bronceado por el sol o los rayos UVA, nariz egipcia y unos ojos, azul cristalino, de esos que te sumergen en un mar de sensaciones.
Para una soltera, como yo, este tipo de encuentro perceptivo visual supone, siempre, una descarga de adrenalina en sangre, una bobalicona sonrisa de oreja a oreja y un entretenimiento en mi rutinaria vida.
Al darme cuenta de que él también se fijaba en mí, entorné los ojos, tras un aleteo triple de pestañas, haciéndome la interesante, y bajé la cabeza seductoramente. En ese punto, me encontré con el tiramisú que saboreaba antes de aquella extraordinaria visión y con el que soñaba desde hacía una semana. La vista de aquel colosal postre me devolvió a la realidad.
Los cincuenta me pillaron desprevenida. Sin darme cuenta aumenté dos tallas y no conseguía bajar el sobrepeso a pesar de la estricta y permanente dieta. Mi piel se volvió seca, áspera y el pelo perdió el brillo. Me compré lo último para remodelar el óvalo facial. Comencé a maquillarme más, para disimular las arrugas, y a usar ropa de marca con la que compensar la decrepitud que sentía sin conseguirlo. Acaparé lo más novedoso en libros de autoayuda y algo leído en el último, retumbó en mis oídos: Tienes que quererte más. No puedes abandonarte. Si te cuidas te sentirás bien, atractiva…
Con disimulo aparté el tiramisú. Trescientas calorías menos. Suspiré orgullosa de mi hazaña.
Levanté la vista hacia el morenazo, decidida a continuar con el coqueteo. Me siguió el juego y sonrió. Le devolví la sonrisa. Retiré de mi vista el postre y me levanté contoneándome. Me acompañó de reojo.
En el baño, saltaba de alegría. Me sentía la mujer más atractiva del universo. Tomé la determinación de acercarme a él antes de marcharme. No debía desperdiciar aquella ocasión que el azar que brindaba. Salí, pisando fuerte, y… casi me caigo de espaldas. Una rubia, no demasiado guapa pero sí resultona y muy joven, le besaba en los labios antes de sentarse a su lado.
A duras penas me recompuse de aquella traición. Al pasar a su lado, practiqué mi mirada de: Así te fulmine un rayo y te deje achicharrado. Me sentí mucho mejor.
Nada más sentarme, Purita me preguntó:
—Berta, cariño ¿Te terminarás el tiramisú?
Dirigí la vista hacia él, luego hacia mi amiga y de nuevo hacia él. Me sorprendió con un cómplice guiño. Dudé un instante y...
Continuará