domingo, 22 de febrero de 2015

Contando 53 semanas: Atrasadas




Aprovecho esta entrada para ponerme al día con el retraso que llevo en las semanas:


SEMANA 6 DE 53
Esta semana es esta palabra: DESVELO 


No hay mayor desvelo que el amor de una madre hacia sus hijos, en esta fotografía de una pava real hacia sus polluelos.

SEMANA 7 DE 53
Esta semana elegí la siguiente imagen:
 "Aroma of Ancient Narration" del pintor Victor Bregeda
A ver que les inspira a ustedes.
  

Esta imagen me ha sugerido la  canción del grupo Mecano: «Una rosa es una rosa»
Es por culpa de una hembra  
que me estoy volviendo loco  
no puedo vivir sin ella  
pero con ella tampoco... 


Y si de este mal de amores  
yo me fuera a la tumba  
a mi no me manden flores  
que como dice esta rumba... 

Quise cortar la flor  
más tierna del rosal  
pensando que de amor  
no me podía pinchar,  
y mientras me pinchaba  
me enseño una cosa  
que una rosa es una rosa, es una rosa..

SEMANA 8 DE 53
Esta semana es una palabra:
AMANTES

Imposible no pensar en París

SEMANA 9 DE 53

Esta semana les propongo una imagen que pertenece al ilustrador Pawel Kuczynski (conocido también como Pawla Kuczynskiego)  para que se inspiren.

Esta imagen me ha recordado esta canción.
«Envíame un ángel» de Scorpios.

Paseando con... Jorge Magano


El Templo de Debod fue un regalo de Egipto a España (año 1968), en compensación por la ayuda española, tras el llamamiento internacional realizado por la Unesco para salvar los templos de Nubia, principalmente el de Abu Simbel, en peligro de desaparición debido a la construcción de la presa de Asuán. Está situado al oeste de la Plaza de España, junto al paseo Pintor Rosales, en un alto que ocupó durante la Guerra Civil española el cuartel de la montaña. Un lugar de gran belleza y muy tranquilo, a excepción de los turistas que pululan con sus cámaras fotográficas.


Allí me encuentro con Jorge Magano, ganador del premio Amazon-El Mundo con la novela La mirada de piedra y, compañero de fatigas literarias. A Jorge este lugar le trae buenos recuerdos pues dedicó a este templo una de sus novelas más divertidas y llena de aventuras y misterios mitológicos, La Isis dorada.
Conocí a Jorge, como a mucho de los que por aquí han pasado, en el año 2013 con motivo del evento que Amazon tuvo en El Matadero (Madrid) por la Feria del Libro y allí ya capté su fino humor que lo hace tan especial; luego cuando leí sus novelas comprendí que su personaje principal Jaime Azcárate tenía mucho de él (o por lo menos a mí me lo recordó). 
Caminamos y hablamos sobre el éxito de su libro y sobre su futuro pero, primero me interesa saber cómo se describe a sí mismo.


¿Quién es Jorge Magano?

Un tipo normal que se pone nervioso cuando hay gente mirando a pesar de su afán exhibicionista. Supongo que además de normal es un poco raro, pero no se lo digas que se mosquea.

¿Té, café o chocolate para desayunar?

Café, aunque debería ser té y me encantaría que fuera chocolate. La vida se debate entre el deseo, el deber y la cruda realidad.
Y  a mi que me parecía que no era complicado...¡vaya respuesta! ;-)

¿Recordar o soñar?

Los recuerdos tienden a la ensoñación y los sueños beben de los recuerdos. Hay distorsión en ambos y no demasiada diferencia. Vamos, que le doy a todo.

¿Una figura importante en tu infancia? ¿por qué?

Mi padre. Porque me llevaba al cine y a los museos. Suficiente.

¿A qué país te gustaría viajar?

A muchos. Aunque ahora mismo me tira China.

¿Cómo es un día cualquiera para Jorge?

Vivo en una realidad paralela que tiene más que ver con la ficción que con otra cosa. Paso el día escribiendo, leyendo o viendo películas. Hace años que no tengo un trabajo respetable y el día que lo tenga no sé cómo me las voy a apañar.

¿Soledad o bullicio?

Soledad o compañía tranquila. El bullicio me convierte en vampiro rabioso.

¿Cuál es tu comida preferida?

Antes era muy fan de la comida tradicional española y los guisos de cuchara. Ahora me abro a cosas más exóticas, pero sin renunciar a aquella. Vamos, que como de todo y bien.

¿Te gustan los animales? ¿Tienes mascota?

De pequeño me fascinaba ir al zoo. Ahora vivo en uno. Siempre he tenido animales conmigo, aunque he pasado de los invertebrados (grillos, tarántulas, mantis religiosas…) a los gatos y los perros de toda la vida. No exagero si digo que los bichos me han cambiado la vida a mejor.



Una canción

“Nobody does it better” de Carly Simon




Como no podía ser de otro modo una canción ligada a una película 

Una película

“El apartamento” de Billy Wilder.

Un libro

¿Sólo uno? Vale: “Alí en el país de las maravillas” de Alberto Vázquez-Figueroa.



¿Cuántas horas necesitas dormir para encontrarte bien?

Siete. Con seis ya voy justito. Y con cinco necesito siesta sí o sí.


¿Crees en el amor a primera vista?

No mucho. El amor es como la alfarería. Hace falta tiempo y contacto para pasar del barro crudo a la vasija barnizada. Pero es verdad que hay barros de los que uno se enamoraría nada más verlos.
También es un poco poeta 

¿Qué importancia das a la familia?

Antes muy poca. Ahora es algo esencial para mí.

¿Qué es para ti la amistad?

Es una pregunta fastidiada, porque tiendo más a la soledad que al grupo. Creo que los amigos siempre están ahí para ayudarte, lo que pasa es que yo no les doy la oportunidad de hacerlo. Quiero mucho a mis amigos, aunque les veo poco.

¿Tienes muchos amigos o muchos conocidos?

Tengo pocos amigos y los sé reconocer.

¿Cómo llegaste a las redes sociales, facebook, twiter…?

Me invitaron a Facebook hace siete años y me hice el remolón hasta que un día, no sé por qué, me decidí a probar. Y ahí sigo.
Como todos...

¿Quién o cómo te aficionaste a escribir?

No sé quién. De pequeño era muy fan de los tebeos de Bruguera y de ahí partió mi interés por contar historias. Me puse a escribir porque era más fácil y más barato que dibujar o hacer cine.

¿Libro en papel o lector  de ebook?

Cada vez soy más partidario del lector electrónico, aunque juro que me resistí todo lo que pude.

Cómo escritor dinos ¿cuántos libros has publicado?

Mejor te digo los títulos: Serie Jaime Azcárate: “La Isis dorada”, “Donde nacen los milagros”, “La mirada de piedra”; y luego “Fabuland”, “El chico que no miraba a los ojos”, “Museum” y “Águila Roja: la profecía de Lucrecia”. Creo que son siete.




¿Qué genero es tu preferido, en el que te siente más cómodo?

Como escritor me gusta mucho el género de aventuras, y también el policiaco, aunque lo encuentro rematadamente difícil. Como lector soy bastante más ecléctico, aunque también me confieso fan de los citados géneros.

¿Cómo lleva un escritor independiente haber ganado el premio Amazon-El mundo?

Bien, aunque si echas un vistazo a mi bibliografía verás que lo de “independiente” es relativo. Cinco de los siete títulos fueron publicados por grandes editoriales. Los que he publicado de manera independiente son consecuencia de la oportuna aparición de Amazon KDP en un momento en el que las editoriales empezaban a apretarse el cinturón. De todos modos me gusta considerarme autor a secas.

¿Lees mucho?

Leo todos los días, que no es poco. No soy de atracones porque, entre otras cosas, poseo déficit de atención. Puedo leer un capítulo del tirón, pero luego necesito hacer una pausa. Casi nunca me he leído un libro en un solo día, que es algo que algunas personas dicen haber hecho y a mí me fascina.
Algún defectito tenía que tener ;-)

¿Cuál es tu momento del día preferido para leer?

Todos. Leo más por la noche, pero intento encontrar huecos a lo largo del día.

¿Qué te aporta el contacto tan directo que mantienes con tus lectores y con otros escritores?

Sobre todo, diversión (tengo unos lectores muy divertidos). También me ayudan a saber qué es lo que más les gusta de mi trabajo, y como escribo para ellos suelo hacerles caso, aunque sin pasarme. Por ejemplo, dicen que lo que más les gusta son las aventuras de Jaime Azcárate. Pues yo les escribo otra aventura de Jaime Azcárate, pero entre medias intento colarles una novela de otra cosa. Y a veces pican. Con los demás escritores la relación es distinta: todo son envidias, celos y sonrisas ladinas. Mala gente los escritores.

Una pregunta comprometida jajaja: ¿Qué opinas de los autores independientes?

Que son necesarios, aunque no los conozco a todos. Por eso creo que los habrá malos, buenos y regulares, como en todas partes.

¿Algún secreto inconfesable que quieras contarnos… jaja?

Tengo una mancha de nacimiento en la parte izquierda de la cara. A veces me la maquillo, pero como soy un inútil sólo consigo que se note más.

Ahora entiendo su afán porque le fotografíen el perfil derecho ;-)

Un enorme placer pasear con Jorge por un exótico lugar, disfrutar de su compañía y saber más sobre él como escritor y como persona. espero que s erepita pronto. Hasta pronto.
Os dejo algunos enlaces que serán de vuestro interés.

Su web
Para encontralo en Facebook
En twiter @JorgeMagano

sábado, 21 de febrero de 2015

Una reflexión: El eterno retorno







El concepto de eterno retorno se plantea desde una concepción lineal del tiempo. Hay un principio del tiempo al que sigue un fin, desde el que se vuelve a generar un principio; con la desventaja respecto al concepto de tiempo cíclico en que los acontecimientos se vuelven a repetir sin ninguna variación, en el mismo orden, tal como sucedieron. Nietzche añade que además de los acontecimientos se repiten los pensamientos, ideas y sentimientos de una manera infinita e incansable.
Si atendemos a este concepto desde la historia, se refiere a un concepto circular, en el que los acontecimientos históricos se repiten una y otra vez aunque ante otras circunstancias pero básicamente son semejantes.
Donde adquiere una gran importancia es en la literatura y desde Madame Bovary hasta la Historia Interminable pasando por Cien años de soledad, emplean este concepto para establecer un mensaje del que el hombre, anclado en el tiempo, no puede sustraerse.
En la vida diaria ese eterno retorno nos lleva a participar de situaciones ya vividas, ya sentidas, ya pensadas. Fracasos ya vivenciados, ya sufridos, ya llorados. Respuestas ya expresas, que reiteradamente usamos, aunque no hayan sido adecuadas, tropezar una y otra vez con el mismo muro, con las mismas personas y situaciones. 
Sí o sí, está presente en nuestras vidas aunque no nos paremos a reflexionar sobre ello.
Para mí,  este momento de año es un reencuentro con el eterno retorno. La causa de ello es doble: mi cumpleaños y el florecimiento de mis camelias. Es entonces cuando siento la fuerza del paso del tiempo lo que me crea un gran desazón. 
Sin embargo, al contemplar la belleza de la camelia, su colorido,  sus formas, invariable año tras año, en el momento exacto, comprendo que al fin le sigue un principio que ya conozco y eso me tranquiliza, me ancla al presente y me aleja de ese futuro invariable para todo ser humano, la nada. Me conozco. 
Son muchos años de estar conmigo misma y eso me tranquiliza. 
Se que tras la tormenta perturbadora vendrá la calma acogedora donde volveré a ser yo misma. Que hay muchas personas a mi alrededor que intentan segarme los pies, hacerme caer de bruces, pero  tengo el paso firme y los pies bien anclados en la tierra, lo que me asegura la supervivencia. Que tras situaciones amenazadoras que provocan que mi vida sea un caos vendrá la placidez de la reorganización, de la aceptación, del conformismo. Que tras la violencia de los otros vendrá el reencuentro en un plano más elevado, el de la cortesía y el respeto. 
Que estoy viva y solo eso es un primer premio. 
Que cuento con gente que me quiere a pesar de..., que me indica que es lo mejor y me sugiere que camino tomar..., que no estoy sola y eso ya es como si me hubiera tocado el gordo de la lotería y de la primitiva juntos.
Soy muy afortunada y por ello no me canso de dar las gracia, por aquello de que la vida continua en un eterno retorno.

sábado, 14 de febrero de 2015

Indicaciones para no caer en la procrastinación







¿Qué hacer para no dejarte vencer por la procrastinación (1)?


  • Una mirada crítica al problema que te está bloqueando.
  • Una lista de prioridades para separar lo importante  de lo urgente.
  • Volver a confiar en tu capacidad para la toma de decisiones. 
  • Marcar plazos para no ahogarte en la burocracia autoimpuesta.
  • Aprende a decir NO.
  • Saber que los lastres (véase personas, situaciones o relaciones) debes expulsarlos de tu vida.
  • Vencer la pereza de la desmotivación por no haber alcanzado lo que  esperabas. La frustración es el inicio de un nuevo aprendizaje no el baño de lágrimas en el que sumergirse para la victimización.
  • Empieza hoy, mañana ya será tarde.



(1) Procrastinar:
(Del lat. procrastinare).

1. tr. Diferir, aplazar.

domingo, 8 de febrero de 2015

CRÍMENES EXQUISITOS de Vicente Garrido y Nieves Abarca








Con esta novela comienzo el Reto semigenérico para este año 2015, además coincide con una propuesta de lectura simultánea en el blog Libros que hay que leer de Lacky y con la que he disfrutado mucho y de seguro repetiré, El comentar con personas que a la vez llevan la misma lectura enriquece y anima.
Como ya avisé, no soy reseñadora de libros, creo que hacer una reseña es mitad arte y técnica, y no disfruto de ninguna de esas dos premisas, por eso solo vais a encontrar aquí mi opinión personal como una lectora más.

Sinopsis
El cuerpo de Lidia Naveria, una joven de la alta sociedad coruñesa, aparece flotando en el estanque de Eiris recreando la famosa Ofelia de Millais. ¿Qué relación tiene este crimen con el macabro asesinato acontecido meses antes en la Abadía de Whitby? La inspectora Valentina Negro, con ayuda del famoso criminólogo Javier Sanjuán, liderará una investigación que la llevará a colaborar con Scotland Yard, en una oscura trama a caballo entre A Coruña y Londres. Lo que nadie puede llegar a sospechar es que en la vertiginosa cuenta atrás para atrapar al asesino, deberán enfrentarse a las obsesiones más inconfesables de la sociedad actual.


Mi opinión personal

Como ya he confesado en múltiples ámbitos una de las cosas que más lamento desde que comencé a escribir en el poco tiempo libre que dispongo es que he tenido que sacrificar mi gusto por la lectura que me acompaña desde mi más tierna infancia. 
El género de novela negra/policíaca es uno de mis preferidos por eso cuando ya conseguí centrarme y decidí leer en el menor tiempo posible esta novela, supe que iba por buen camino pues página a página me sumergía en una complicada trama que transcurre en la ciudad de A Coruña pero con todos los ingredientes de una película o novela sobre asesinos en serie al más puro estilo americano y, no desmerece en absoluto. 

Una novela con unos potentes, creíbles y reales personajes principales: la inspectora Valentina Negro y el criminólogo Javier Sanjuan, y con muchísimos personajes secundarios, todos ellos muy bien caracterizados en su papel, nos van llevando por inesperados giros de la historia cada poco tiempo. 
Complicados temas, muy actuales, con los que lidiar y que sus autores manejan de una forma exquisita, como su asesino en serie recrea la "performence" de los asesinatos. Y aunque  tengo los labios sellados respecto al asesino, coincido en la manera en que los autores nos lo dibujan y justifican  (se nota a la legua que saben de qué están hablando). 

Una novela que te absorbe, a pesar de tener muchas páginas, yo la he leído en ebook pero creo que en papel tiene 800), en la que necesitas desentrañar, antes incluso que la inspectora, quién es el asesino. Una novela en la que todos los personajes pueden ser el asesino y con un final, completamente, inesperado.
Creo que ahí radica la mayor fuerza de esta novela, que "nada es como parecía". 

Una novela que no debes dejar de leer si disfrutas de este género. 

Mi felicitación para los autores.

martes, 3 de febrero de 2015

Colaboraciones: Hoy, Javier Núñez



Desde hace tiempo vengo pensando inaugurar en mi blog esta sección en la que dar cabida a las colaboraciones de otras personas interesadas en cualquier faceta artística para su conocimiento y difusión entre mis seguidores. 
Cuando Javier Nuñez me propuso publicar en mi blog un relato inédito de su autoría pensé que era el mejor momento para poner en marcha esta idea. Y aquí estamos:



UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD
por Javier Núñez
Correctora: Bea Magaña

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces…
Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso.
Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse.
El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva.
Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva.
No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después.
Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas.
La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía.
Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos.
Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría.
Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo.
El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso.
El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado.
Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».
Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión.
¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar?
Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.
El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado.
Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación.
Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho.
—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes.
Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.
Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.
Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes.
Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.
Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar.
Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida.
Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado.
Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno.
No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada.
Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez.
Repitiéndolos por toda la eternidad.
-FIN-

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.
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