Relato inspirado en esta frase:
Cuando conocí a Daniel, pensé que el amor era una cuestión de pedagogía. Él tenía una biografía complicada —según decía— y yo tenía una peligrosa inclinación a hacer las cosas despacio.
Le di lo que nunca había tenido: atención sin prisa, mensajes sin interrogatorio, palabras calmadas… ¡Vamos! una escucha casi profesional. Le enseñé a llegar a casa sin hacer ruido, a decir gracias sin sentirse incómodo y a distinguir entre estar solo y estar libre. Daniel aprendía rápido, como quien memoriza sin comprender del todo.
Mis amigas escuchaban lo que les contaba de estos avances con esa paciencia que se reserva para los errores ajenos.
—Va mejor —repetía yo.
Y era cierto: iba mejor, eso sí, hacia ninguna parte.
Daniel aceptaba mi amor con educación impecable. Nunca lo rechazó, pero tampoco lo usó. Lo dejaba sobre la mesa, como esas cosas que uno no sabe dónde guardar y se dejan hasta que encuentran su lugar.
Una noche, mientras cenábamos, sin venir a cuento, habló de Marina, un amor antiguo. Lo hizo sin emoción, como quien menciona un mueble que sigue ocupando sitio. Entendí entonces que yo estaba amueblando una casa en la que él solo estaba de paso.
Podía darle todo lo que nunca hubiera tenido y ni así sabrías la maravilla que era quererte. No por falta de sensibilidad, sino por falta de dirección.
Me fui sin drama. Daniel dijo que era una pena. Yo también lo pensé, pero por otro motivo. Nadie aprende a querer cuando ya se siente cómodo siendo querido.
© María José Moreno, 2026
Más sobre el amor en casa de Tracy

Comentarios
Publicar un comentario
LAS PALABRAS DE MIS AMIGOS