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Recuerdos de la infancia: Los jazmines




Nada más levantarme he subido al solarium para disfrutar del frescor de la mañana (dentro de unas horas las temperaturas serán tan altas que nos tendremos que cobijar bajo techo si no queremos ser quemados por el aliento del dragón). Me gusta contemplar el crecimiento de las plantas que todo los días me ofrece novedades: un retoño que amenaza comerse a su padre o madre, un nuevo bichito que se pasea por las hojas ajeno a los kilos de insecticida (se ve que se ha hecho resistente), un hongo que con el exceso de agua (no hay más remedio que regarlas dos veces al día porque si no ya habríamos ido de entierro) está haciendo su agosto, y lo que más me gusta, recoger los jazmines abiertos. 
Hoy, mientras los cogía uno a uno, con sumo cuidado, me vino el efluvio de esta olorosa flor y sin saber cómo me trasladé a mi infancia. Parte de ella, la pasé en el patio de una casa de vecinos. 
Mis abuelos maternos vivían en una de esas casas de vecinos cuyas puertas de entrada  daban a una zona común, el patio, adornado con árboles de parra, arriates donde crecían arbustos de flores (mis preferidas eran las celindas) y muchas, muchas macetas. Entre ellas recuerdo porque eran las que más me gustabas las de hortensias, las de lirios que ahora se les llaman calas y por supuesto, las el jazmín.  
Cuando mi madre me llevaba a verlos en los días de verano  mi abuela, o debería decir mi abuelastra si quiero ser fiel a la verdad aunque para mí siempre fue mi abuela, me daba un cestito de mimbre que guardaba en la alacena y salíamos al patio para buscar los jazmines que nos llevaríamos a casa. Los colocábamos en los dormitorios y así nos libraban de las molestas picaduras de los mosquitos (y eso que entonces ni existían los mosquitos tigre jajaja). 
Ella me enseñó, precisamente, a coger su rabito con cuidado y tirar suave de ellos para que la mata no sufra (decía ella textualmente). A mí eso me tenía en vilo todo el tiempo pues por nada del mundo, deseaba infringir ningún mal cuyo resultado fuera que aquella preciosa planta que llegaba hasta la altura de la casa sufriera por mi causa. 
A esa misma hora las vecinas también salían a recoger su ramillete. Me quedaba extasiada mientras veía cómo los introducían por el rabito en una horquillas para hacer una moña de jazmines (en Málaga a las moñas les llaman biznaga eso lo aprendí cuando ya era adulta) con las que luego adornaban su pelo. 
Mi abuela tenía el pelo blanco como la nieve y siempre lo peinaba cardado por delante y recogido en un moño tipo italiano; aunque ahora que lo pienso, en el tiempo de este recuerdo no era tan mayor así que quizá no lo tuviera todavía blanco. Intento visualizar algunas imágenes  fotográficas que se me vienen a la mente y como es lógico no lo tenía blanco sino más bien tirando a sepia.  Bueno, lo mismo da, el caso es que se ponía la moña y entonces toda ella olía a jazmín cuando me besaba.
En esa casa de vecinos vivían niños como yo. La pena es que no consigo recordar sus nombres pero si me acuerdo que los envidiaba por vivir en un lugar tan bonito y sobre todo. porque ellos se juntaban cuando la luna asomaba y salían con una bandeja llena de las moñas que habían realizado para venderlas: unas de flores abiertas y otras de flores cerradas que eran las más preciadas porque abrían por la noche y duraban más. Yo me marchaba con mi madre, con los jazmines metidos en una bolsita de papel para que no se estropearan,  a una casa que tenía patio pero lleno de aspidistras y helechos pero sin jazmín (los recuerdos de ese patio para otro día).
Hoy, cuando recogía los jazmines también recordé cuando enseñaba a mi hija a cogerlos con cuidado y vi su sonrisa. No hay nada más bello que la risa de un niño cuando disfruta con lo que hace. 
A continuación, la que sonreí fui yo al pensar que muy pronto tendré a mi lado a otro personajillo al que enseñar la manera delicada de recolectar esa preciosa flor que aunque pequeña no por ello deja de ser bella y fragante, tal como me enseñó mi abuela. 
La vida me ha ofrecido momentos inolvidables y los sentidos me los devuelven para seguir disfrutando de ellos. Me siento muy afortunada de poder contarlos.

©María José Moreno

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