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¿Qué siente el escritor mientras escribe?





Las primeras palabras quedan impresas en la página en blanco, van conformando una frase, esa primera de muchas que constituirán tu novela. 
Desde hace semanas la tienes en tu cabeza revoloteando todo el día, añadiendo escenas, cambiando diálogos hasta que decides que es el momento de plasmarlo y comienza un período en el que te sumes en la trama, te sitúas en el espacio y tiempo de la ambientación y vives la vida de los personajes. Ahí es donde quería llegar, porque al vivir sus vidas, también las vivencias y por ello sufres, ríes, lloras, te enfandas... con ellos y por ellos.
Durante el pasado año (debido a mi trabajo en la universidad mi año va de septiembre a junio)  he estado dedicada a escribir la segunda novela de la trilogía sobre el Mal. 
En la primera novela, La Caricia de Tánatos, la trama giraba en torno a la violencia psicológica tan frecuente y tan poco abordada en comparación con la violencia física. 
En esta segunda, me centro en otro aspecto del Mal, también muy frecuente, por desgracia, y que tiene que ver con los niños. Con el sufrimiento grave que causamos a los niños y sus posibles repercusiones en la vida adulta. No os cuento más porque no quiero desvelar la trama y porque esta entrada no va sobre eso, pero sí me sirve para explicaros lo mal que lo he pasado, emocionalmente hablando, mientras escribía esta novela. 
Por suerte para la vida real y no sé si por desgracia para escribir ficción, soy bastante empática por lo que la angustia que sufría mi personaje era mi angustia y su daño, su dolor, el mío. Había momentos en que tenía que parar de escribir porque se me encogía el corazón ante lo que detallaba, real como la vida misma, como si lo estuviera sufriendo en mi cuerpo. 
Considero que si yo formo parte de estas emociones, el lector, fin último de escribir, también lo sentirá con lo que la novela le llegará, le removerá algo a nivel afectivo y eso es muy importante para mi, se trate del género que se trate. No sé si esto les ocurre a todos los escritores o solo a los novatos, quizás cuando uno se profesionaliza se desprende de estas emociones y la página escrita es solo eso, un página más. Eso tendrán que confirmarlo ellos.
Ahora, esta segunda novela está en proceso de revisión, la he dejado en manos de otros, y para dentro de unas semanas, irá hasta otros lectores que me darán su opinión antes de lanzarla al público. 
Os confieso que después de haberla escrito necesitaba una terapia intensiva y nada mejor que alejarme del dolor mediante la RISA. 
Por eso decidí dar continuidad a  Baldomero Puerto Casillas, el protagonista de Vida y milagros de un ex. Desde que la comencé (y ya llevo treinta páginas) no paro de reírme con sus peripecias, disfruto con sus diálogos frescos, ingenuos y con la aparición de nuevos personajes que estoy segura os gustarán; además de los clásicos: su protectora madre, Cándida, su medio novia Nadia, su amigo Dioni... 
En pocos días la terminaré porque fluye como la espuma y mis dedos teclean con rapidez una nueva historia de este simpar personaje, gafe donde los haya, pero con un corazón como la copa de un pino. 
Así que ahora me divierto... 



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