Juana masajeaba sus rodillas doloridas. Sus ciento veinte kilos de peso no hacían bien a su artrosis; por eso esperaba delante de la puerta del endocrino. La enfermera voceó su nombre y lo más aprisa que pudo, dad sus circunstancias, se levantó del asiento. —Ha perdido solo un kilo. Tiene que ser más estricta con la dieta. Le voy a prescribir una de ochocientas calorías, espero que sea estricta si no será complicado que pierda peso —dijo el médico malhumorado. Juana quería morirse. ¡Un mes comiendo espinacas y lechuga! Sin protestar abandonó la consulta con la nueva dieta en la mano. Despacio se encaminó hasta su casa cuando avistó una pastelería y sus pies le llevaron en esa dirección. Entró decidida y pidió una bandeja de merengues, la más grande que tuvieran. De pie en el mostrador, uno a uno, se los comió todos. Aún apreciaba el gusto de limón y azúcar en su boca cuando escuchó un vozarrón que gritaba ...
Blog de María José Moreno