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Este jueves un relato: Historia tras unas pinceladas


 Lille, Francia,1944

Era una noche cerrada y gélida. Hacía años que el invierno en el norte de Francia no se manifestaba con tanta crudeza. De vez en cuando se oía un gran estruendo procedente de las baterías antiaéreas acompañado de ráfagas de luz que traspasaba las contraventanas iluminando la oscura estancia. La humilde habitación no disponía de chimenea; el frío provocaba que sus alientos quedaran suspendidos en el aire dibujando fantasmáticas imágenes heladas. 
Satisfechos tras su encuentro amoroso, permanecían abrazados bajo las pesadas mantas, ajenos a las circunstancias que los envolvían. 
Dieter, con cuidado de no destaparla, sacó el brazo para comprobar la hora. El reloj Omega, regalo de su padre al terminar el bachillerato y que desde entonces le había acompañado, marcaba las once de la noche. Se volvió hacia la muchacha para contemplarla una vez más. La abrazó y le susurró algo en alemán, que ella no entendió, pero que le sonó a música celestial; simplemente, porque procedía del hombre del que se había enamorado.
Dieter saltó de la cama sin pensarlo dos veces. De pronto, la realidad le aplastaba como una pesada losa. Se vistió con prisas, tanto por el frío como por  miedo a que lo descubrieran. 
Anne lo contemplaba con ojos lánguidos. En un par de días, Dieter partiría con su división a una gran ofensiva, según le había contado. ¿Y si nunca regresaba a su lado? Rechazó ese fúnebre pensamiento y sonrió. Aquella sonrisa joven, de labios carnosos y rojos, encendió a Dieter que se apresuró a besarla. Un beso largo y profundo. Un beso de despedida.  
Del bolsillo de su guerrera extrajo una cajita de cartón, con un lazo plateado y se la ofreció. Anne la reconoció al instante, ella la había envuelto meses atrás, precisamente, el día que lo conoció. Dieter había entrado en la joyería de su padre buscando un regalo de cumpleaños para su esposa. Ella misma le enseñó varios modelos y al final, se decidió por un hermoso guardapelo « años 20 » con forma ovalada, en platino, con perlas de agua dulce y zafiros azules que le recordaban el color de los ojos de su mujer. En el reverso mandó grabar sus iniciales: « DvL »
Anne,  desconcertada, intentó quitar el lazo pero éste se enredó entre sus finos dedos. Dieter le ayudó. Al levantar la tapa apareció la misma joya,  con rubíes en lugar de zafiros. Ella le había insistido en que comprara esa, puesto que el rojo y el blanco de las perlas hacían un bello contraste; esas fueron sus palabras exactas y ahora, aquel guardapelo estaba en sus manos. Lo abrió y encontró un rizo de pelo  rubio. En la parte posterior, tenía grabadas las mismas entrelazadas letras. Los ojos de la joven suplicaron una explicación, pero él se limitó a colocar la cadena alrededor de su estilizado cuello mientras la arrullaba con palabras de amor. 
Dieter se puso el abrigo y se caló la gorra. En sus ojos azules se adivinaba un enorme vacío.
Anne se levantó tiritando y lo abrazó con todas sus fuerzas. Quería retenerlo para siempre entre aquellas paredes que habían conformado su mundo de enamorados, su imaginario y fantástico mundo, donde todo había sido posible. Dieter la tranquilizó con frases hechas. Como quién calma a una niña pequeña le dijo que no se preocupara,  que todo iría bien; le mintió. 
Anne lo dejó marchar. Sin embargo, un punzante dolor en lo más hondo de su ser le anticipó que aquel adiós sería para siempre.
Dieter abrió la puerta despacio para que no los goznes oxidados no crujieran alertando al resto de habitantes de la casa que supuestamente dormían. Al atravesar el dintel se giró para contemplar de nuevo. En ese momento, se le vino a la cabeza la cita del poeta Virgilio, que su padre le había repetido en múltiples ocasiones: « Lo que ha de suceder, sucederá », y se lanzó escaleras abajo.
Al poco, se escucharon unos suaves toques en la puerta. Como una exhalación, Hélène, entró en el dormitorio de su hermana y le preguntó:
—¿Se lo has dicho?
Anne no respondió. Abstraída en sus pensamientos, con la mirada perdida, apresaba con fuerza el guardapelo con la vana esperanza de contrarrestar sus malos presentimientos.

Así comienza mi novela El próximo mes en Berlín...

Más historias tras pincelas en el blog de Mónica

Comentarios

  1. Es un buen comienzo, que invita a seguir leyendo.

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  2. Pues seré una de las primeras en leerla, tiene muy buena pinta esa escena; pero que muy buena pinta.
    Un beso

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  3. Se ha quedado en un momento donde queremos leer más.
    Un beso.

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  4. ¿Que esconde esa pregunta? Muy buen comienzo, antesala para lo bueno que seguro traerá.
    Un abrazo.

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  5. Un comienzo que nos dejas con ganas, muchas ganas.
    Me pareció estar viendo una película JM.

    :)
    Un abrazo

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  6. ¿Se lo has dicho? Esa pregunta justo después de una dolorosa despedida deja abierto un enorme abanico de posibilidades que no me resistiré a descubrir de tu mano. Suerte en este nuevo proyecto.
    Un abrazo.

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  7. Vaya, aún no he leído la caricia de Tánatos y ya comienzas una nueva novela.
    Que disfrutes mucho escribiéndola. Ya disfrutaré de la lectura. Besos.

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