El circo En cuanto se respiraba en el ambiente el olor de la resina de los árboles derretida por las altas temperaturas, sabía que pronto serían las fiestas de la Virgen de Luna. Mi hermana Teresa disfrutaba bailando como una peonza en la plaza del pueblo al son de la orquesta; yo prefería vivir aventuras en un imaginario safari aprovechando el circo instalado en las afueras. Con mis amigos me escondía detrás de la caseta multicolor, donde vendían las entradas, para observar, de lejos, los carromatos de las fieras. En realidad las fieras se reducían a un león de escasa melena, flacucho y seco como el ojo de un tuerto, en el que las costillas se le pronunciaban tanto que parecían querer traspasar su piel y un tigre de Bengala, anunciado a bombo y platillo, que más bien parecía un gato gordo al que le habían pintado unas pocas de rayas. Vigilábamos que nadie nos descubriera y entonces, pasito a pasito, nos acercábamos. Cuando ya estaban a nuestro alcan...
Blog de María José Moreno