No quiero profetas ni profecías. Todos la conocían, la respetaban o mejor dicho, la temían. Su don sobrenatural la diferenciaba del resto de los mortales. Era capaz de adivinar lo que sucedería en el futuro. Siempre acertaba. Adivina, profetisa, pitonisa, hechicera, bruja…todos esos nombres se le atribuían a la criatura de cabellos rojos que habitaba una casita baja al final de la calle. La gente se arremolinaba a su puerta esperando su predicción; ella cogía sus manos y hablaba: La enfermedad entrará en tu casa, tu marido te abandonará, tu hija no conocerá a su hijo…Lamentos, lágrimas, gritos desgarrados, desesperación, no creer creyendo, huídas. Es difícil aceptar lo que está por venir, es imposible vivir conociendo lo que futuro te deparará ¿Cómo aceptarlo? ¿Hacer algo para modificarlo? Para ella, el don, era un martirio. Sin embargo, por su propia supervivencia se lo planteó desde una perspectiva positiva, si avanzaba lo que pod...