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¡Este jueves, un relato!



El anzuelo



Montaña Rusa
El temblor de las manos me impide seguir leyendo.
Respiro hondo; una, dos, tres veces. Necesito continuar hasta el final aunque sé cuál será el desenlace. Lo descubrí hace tiempo, entre silencios y desaires. Mis humedecidos ojos deforman las letras haciéndolas aparecer como  saltimbanquis borrosos sobre el papel. Mis labios musitan cada palabra a medida que me sumerjo en la lectura para hacerla real, consciente; para no dejarme engañar, de nuevo, por la ilusoria sensación de felicidad que tenía a su lado.

Mi vida ha sido su vida. Me entregué a él sin pedirle nada a cambio. Confié en él y me ha traicionado. Para toda la vida, le dije. Para siempre, respondió.

Regreso al inicio de esta, sin sentido, epístola para releer con abatimiento quejas: “no puedo seguir así”, “me complicas la vida”, “mi vida tiene que seguir otro rumbo”, “tú no estás entre mis planes”,... “he dejado de quererte”.
El ruido de la puerta me devuelve al mundo de los vivos. Sus pasos provocan que la madera cruja alertándome de su presencia. Devuelvo con premura la carta al sobre que la escondía y la sepulto entre los muchos papeles del cajón. Entonces lo advierto, escrito con letras mayúsculas: “JULIA”. Ahogo un grito.
—¡Carmen! ¿Dónde estás? Mira lo que te he traído —le escucho decir.




Más relatos aquí: Tésalo




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