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ENAMORADA


Siempre cuidando de los suyos y ahora tan sola. El tiempo que pasa veloz y no atiende a lamentos la surcó de profundas arrugas en el lienzo de su piel, pero no en su alma, tersa y joven, como de quinceañera.
Esa mañana cuando se engalanó con su preciada camisa de seda azul lo hizo como siempre, por pura complacencia, por sentir el agradable tacto del suave tejido; porque algo que no fueran sus callosas manos, rozaran su estéril cuerpo.
Lo que ella ignoraba era que los hados la visitarían y su vida daría un giro de ciento ochenta grados. Le ocurrió de manera desapercibida. Cuando quiso acordar charlaba animadamente con aquel hombre de piel morena y cuerpo enjuto que vendía tomates en el puesto de la esquina del mercado. Nunca antes le había visto y parecía que le conociera de toda la vida.
Una risa, una mirada, un suspiro, un roce al pagar y el deseo la desbordó como agua de manantial. Sentía lo que nunca había sentido; tan fuerte, que presentía que debía de ser pecado, pero le miró a los ojos y se vio reflejada en su pupila. Esto la tranquilizó, no sentía culpa y se alejó con él dejando atrás la aburrida realidad, como si fueran los únicos habitantes de una oscura gruta, él y ella, nadie más a su alrededor. El amor le llegó tarde, a los ochenta años, pero la cautivó entre sus enormes alas sin que pudiera deshacerse de su tierno abrazo.
Un suave roce en su espalda le despertó. Aquel hombre está a su lado, pero no podía verse en sus oscuros y fijos ojos. Se aferró a él y le suplicó que no la abandonase. No quería dejarle marchar. No podría vivir sin él. El amor le llegó tarde. Se abandonó, se dejó morir.
La encontraron desnuda y aferrada a aquel seco cuerpo, que la hizo vibrar por primera y única vez en su vida. Su camisa de seda azul, echa un ovillo, presidía los pies de la cama.

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