sábado, 31 de diciembre de 2016

Este año no hay balance, solo DESEOS









Este año no voy a hacer balance de lo que me ha sucedido. No quiero cansaros contando, de nuevo, algo que todos habéis vivido mano a mano conmigo.  
Este año me  despido con deseos:

De SALUD
          De AMOR
                    De AMISTAD
                             De TRABAJO
                                            De PAZ
                                                      De TRANQUILIDAD
                                                                        De FELICIDAD
                                                                                      De SUERTE
                                                                                                De ESCRITURA
                                                                                                              De LECTURA...
     
 y de todos aquellos que vosotros queráis añadir.


¡FELIZ AÑO NUEVO!


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martes, 27 de diciembre de 2016

Pepe Pepino y la estrella del portal





Pepe Pepino llevaba en el planeta tierra desde hacía unos meses. Desde que su padre regresó todo le fue muy bien. Le buscó plaza en el colegio al que iban sus amigos Sergio Colegio, Clara de Huevo y Luis Gafapasta. En un periquete aprendió a hablar como los terráqueos, solo con letras. En  su planeta hablaban mezclando números y letras. 
Era finales de diciembre y en el colegio celebraban una fiestas que llamaban Navidad y que él no conocía. Miró en su reloj supersónico y se enteró de que se trataba de la celebración del nacimiento, hacía muchísimos años, de un niño en un pesebre y que luego, de mayor, se convertiría en Jesucristo. 
Estaba muy contento de poder compartir con sus amigos la decoración de la clase y se aplicó poniendo bolas de colores en el árbol, espumillón en las ventanas y echando nieve sobre el pesebre en el que estaban María, la mamá; José, el papá, Jesús, el hijo y, la mula y el buey, rodeados de unos extraños hombres vestidos con pieles. 
Al final de la mañana la clase estaba preciosa, el sol que atravesaba el cristal de la ventana hacía que el espumillón plateado y dorado, rojo, verde, amarillo y azul reluciera con un brillo especial. Pepe miraba hipnotizado tanta belleza desconocida para él hasta ese instante. Observó que el resto de niños se situaban alrededor de la maestra. Pegando saltitos fue hacia ellos. Todos rebuscaban en la caja que hasta hacía poco contenía los adornos. La señorita Maripili estaba muy nerviosa. Pepe le preguntó a su amiga Clara de Huevo, ¿qué pasaba? Ella le explicó que no encontraban la estrella que había que poner encima del pesebre, que era la que guiaba a los hombres de buena voluntad hasta el lugar del nacimiento del Niño Jesus. 
Pepe no lo pensó dos veces, en unos cuantos saltos fue hasta su nave, habló con su papá y, al poco, viajaron hasta el cielo para coger una estrella de las más pequeñitas. Con mucho cuidado la metieron en una caja especial y regresaron. Todo había transcurrido en un pis-pas.  Al llegar a la clase, los amigos se lamentaban porque su nacimiento no tenía estrella y ese año no iban a ganar en el concurso de belenes del colegio. Entonces, Pepe Pepino se acercó con decisión al portal de Belén y con mimo sacó la estrella de la caja y la depositó encima del pesebre de corcho. Al instante toda la clase se iluminó con una luz celestial. Los compañeros y la maestra lo abrazaron dándole las gracias por lo que había hecho y él se ruborizó.  Desde ese día Pepe Pepino pasó a ser el «Niño de la estrella».
© María José Moreno, 2016

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domingo, 25 de diciembre de 2016

La envidia autodestruye






La envidia se define como un sentimiento o estado mental en el que la persona sufre muchísimo por no tener lo que otra posee, bien se trate de bienes materiales, cualidades tangibles o no tangibles... El problema está en que el envidioso trata por todos los medios de hacer sufrir a su víctima.
Imagino que os preguntaréis a qué viene hoy hablar de la envidia.
Desde que en el año 2011 subí mi primera novela a Amazon, pocas veces he compartido con vosotros comentarios y cuando lo hacía, en mis inicios, solía hacerlo tanto de los buenos como de los malos (por supuesto solo de aquellos que eran constructivos), los malintencionados intentaba olvidarlos y aunque entonces me hacían daño siempre lo justifiqué desde la envidia y de la pobreza e indignidad de carácter de quien se escondía tras ellos amparados en el anonimato. Recuerdo que en una de mis primeras entrevistas radiofónicas a razón de que Bajos los tilos estuviera en el número 1 del top, comenté con la locutora que la novela tenía muchos comentarios de cinco estrellas pero que había gente que no le había gustado y entendía las razones que me daban; es más, yo misma dije que hay novelas que a otros gustan pero que a mí no. 
Sin embargo, ayer tuve la última muestra de algo que repito y repetiré hasta la saciedad: «Los malos existen y están a nuestro lado esperando el momento de lanzarnos sus garras». 
Y el envidioso es un ser malvado, inmaduro, insatisfecho, narcisista, que desea lo que precisamente otros tienen...y he tenido que dar con uno o más bien una de estas personas.
Ayer, 24 de diciembre de 2016, por casualidad, entré en Amazon y me encontré con un comentario de 1 estrella al que no hubiera dado valor  si no hubiera sido por lo que decía de ofensivo hacia mi persona. La suerte (no siempre es posible) hizo que pudiera acceder a saber quién se escondía tras el falso nombre de Casiopea y me llevé la sorpresa del siglo. Se trataba de  una escritora con la que creía mantenía una amistad nacida de nuestros mismos orígenes como autoeditadas en Amazon, la misma escritora con la que compartí micrófono casi una hora en una tertulia de la taberna galáctica, y con las que mantuve bastantes conversaciones. Esta escritora dice de mi novela y de mí :
«Mala literatura. Personajes planos y poco creíbles. Suspense forzado. Mal escrito, no, lo siguiente. La persona que lo ha escrito debería dedicarse a otra cosa. Me ha dado vergüenza ajena leerlo, bueno solo he coseguido leer la mitad o menos. Es insufrible. De esta autora, si es que así se puede decir, no pienso comprar nada más. Debería plantearse volver a escribir algo en el fturo porque es ridículo».
Mientras que en el 2013 (antes de que yo firmara con editoriales) puntuaba con 5 estrellas una de mis novelas. Pero lo importante no es ese matiz, sino la diferencia del tono y cómo hablaba de la novela, detallando lo que le había gustado, lo que había sentido y no de mí persona (juzgad vosotros mismos):
«Tenía muchas ganas de leer esta novela y, aunque no he terminado de leer la que tenía entre manos en el momento de comprar Bajo los tilos, no he podido reprimirme y la verdad no me ha defraudado en absoluto, todo lo contrario, me ha encantado. Es una novela corta, me la he leído en dos tardes. Tiene una lectura rápida y fluida. Su trama está muy bien hilvanada y te mantiene con la intriga hasta el final. La historia de Elena, la madre de la protagonista, me ha llegado al corazón y se mantendrá ahí porque al fin y al cabo todos somos víctimas de nuestro destino. Hay gente que piensa y siente que su camino tenía que haber sido otro muy distinto y cuando quieren rectificar ya es demasiado tarde. Recomiendo su lectura totalmente».
Por supuesto, no voy a dar su nombre aunque guardo documentos gráficos de todo lo que os he contado, porque no soy malvada como ella, aunque esta vez sí creo que merece la pena escribir, aunque sea unas líneas, sobre el asunto porque me sirve a mí de catarsis y a todo el que lea esto, de reflexión de lo que tanto voceo: «nunca perdáis  de vista  que quien os hará más daño siempre será alguien relativamente cercano a vosotros».
La envidia mata, autodestruye y esta escritora ha comenzado ya su fase de autodestrucción.  Sus malintencionadas palabras hacia mí, no solo hacia la novela, así me lo indican. Sobre todo porque no tiene la valentía de hacerlo en directo, con su nombre por delante, razonando su opinión y enfrentándose a su envidia. 
Para mí, desde este momento has dejado de existir. Siempre intento alejarme de la gente tóxica, no me conviene para crecer y ser feliz.
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domingo, 18 de diciembre de 2016

Mi nieto cumple 1 año




Hace un año, más o menos a la hora que escribo esta entrada, recibí llamada de mi hija diciéndome que se encontraba en el hospital. Aún faltaban tres semanas para que su embarazo cumpliera la edad gestacional, pero Alberto tenía muchas ganas de venir a este mundo. Rememoro ese segundo y, hasta hoy, puedo volver a sentir el sobresalto de mi corazón palpitando como un loco, un miedo atroz y una alegría inmensa, todo al mismo tiempo.
Al llegar a la clínica, encontré a mi hija tan relajada, con sus ojos destilando tanta felicidad que me tranquilicé y decidí disfrutar de la espera de ese ser, que desde el primer momento de su concepción nos había cambiado a todos.
Fue una jornada larga, con altibajos, entre contracciones y dolores, risas, fotografías para captar instantáneas inolvidables, conversaciones intrascendentes, miradas a los monitores, visitas médicas... y un largo etcétera de situaciones, que se sucedían sin que tuviera demasiada conciencia de ellas. Todo ello ha quedado grabado en mi memoria como si fueran los fotogramas aislados y cuando consigo unirlos forman una película más o menos verídica de lo acontecido entres las paredes de la habitación.
Cuando todo estaba a punto y se la llevaron al paritorio le di un beso de despedida y a partir de ahí toda la espera la tengo muy borrosa. Deseábamos ansiosos a tener noticias, pero no recuerdo qué pensaba o sentía. Transcurrió poco tiempo cuando supimos por Alberto  que su hijo estaba en el mundo y que los dos se encontraban bien. Sin embargo, yo seguía en un extraño estado de conciencia que no superé hasta que vi salir a mi hija con su bebé en los brazos y una amplia y hermosa sonrisa iluminando su rostro. Entonces volví al mundo real para experimentar algo que después de un año, aún no soy capaz de ponerle las palabras. Quizá porque fue algo tan grande y hermoso que es imposible calificar con un adjetivo. Ese estado era una mezcla de euforia al saber que todo había salido bien, disfrutaba de verla a ella tan feliz portando a su bebé, sentía una enorme ternura ante la estampa que me ofrecía, estaba entusiasmada al pensar que en unos minutos tendría a mi nieto en mis brazos, emocionada, optimista, satisfecha... y, por encima de todo planeaba una extraordinaria sensación de gratitud por poder contemplar ese instante y una gran gozo porque sabía que mi hija podría sentir ese amor inigualable que sentimos los padres hacia nuestros hijos. De todo, lo único que realmente recuerdo es un nudo en la garganta y unas lágrimas que nublaron esa feliz visión.
La llegada de Alberto fue como un soplo de aire fresco en nuestras vidas que desde entonces giran a su alrededor.
Alberto es todo luz, sonrisas, ternura, vitalidad, felicidad... En un año se ha convertido en una personita inteligente, vivaz, cautivadora, expansiva, audaz, cariñosa, con carácter... Como suelo decir entre risas: «es todo un personaje».
Hoy Alberto, mi nieto, cumple su primer año y es un día de regocijo para toda mi familia que comparto con vosotros. Os guardaré un trocito de tarta.

¡Felicidades Alberto!

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martes, 13 de diciembre de 2016

Por quién doblan las campanas




         La plaza huele a azahar.
Sobre el lienzo azul del cielo, la torre de la iglesia se dibuja hasta el más mínimo de sus detalles. Las campanas repiquetean nerviosas contagiadas del feliz evento.
Clara, vestida de blanco inmaculado, entra por la puerta del pórtico sonriente, feliz, decidida a emprender una vida en común con Alfonso. Lo conoce desde que era una adolescente. Se enamoró de sus ojos claros, que contrastaban con su cabello negro, de su nariz respingona, su eterna sonrisa y sus buenas maneras. Detrás de la larga cola de su vestido de novia, unos niños ataviados con finos encajes portan las arras y los anillos con los que sellar el rito del matrimonio.
En el altar, Alfonso, henchido de orgullo, espera a la mujer que él escogió para madre de sus hijos, para esposa fiel y amante complaciente.
«Yo Alfonso te recibo a ti Clara y me entrego a ti…en la salud y así amarte y respetarte todos los día de mi vida…», dice complaciente y ella se derrite ante su mirada enamorada.
Todos los día de mi vida, todos los días de mi vida…
Una vida compartida, una vida incomprendida, una vida sin respeto, una vida de maltrato silente…

Clara sale de la iglesia escoltada por seis hombres que le prestan sus hombros. Esta vez, su vestido es de madera pino forrado de seda blanca. Sus hijos de corta edad, ojos claros y pelo oscuro, la siguen vestidos de negro y sollozan sin consuelo ante el desamparo en que su padre los ha dejado.


La plaza huele a azahar y solo se escucha el doblar de campanas.




El 2016 se nos va y por primera vez en muchos años ha descendido el número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. ¿Estarán funcionando las campañas de concienciación? 


Hay que terminar con cualquier tipo de violencia: de género, doméstica, escolar, en el trabajo, en internet... 
Educación, prevención y solicitar ayuda especializada son los caminos que hay que recorrer para terminar con esta plaga. 
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miércoles, 30 de noviembre de 2016

¿Y si volvemos a contar a nuestros niños el cuento de Caperucita Roja?




El psicoanalista Bruno Bettelheim, en su libro, El significado de los cuento de hadas, plantea que los cuentos infantiles son claves para cubrir determinados intereses y necesidades surgidos en el desarrollo y crecimiento del niño. Los diferentes significados que acompañan a su lectura pueden ser recogidos y aplicados por los infantes, además de ofrecer a su imaginación nuevas dimensiones a la que le sería imposible llegar por sí mismo. Del mismo modo, la temática de los cuentos suele sustentarse en problemas universales que preocupan al niño, ofreciendo una educación moral mediante algo tangiblemente concreto y lleno de contenido.

Llevamos muchos años asistiendo a un acoso y derribo de la literatura infantil clásica —los llamados cuentos de hadas—, tachados de sexistas, clasistas, inadecuados, alarmistas…etc. Sin embargo, a veces es bueno echar la vista atrás, hacia aquello que por clásico no deja de tener vigor, porque ahí puede que esté la enseñanza que queremos transmitir. 
En 1697, Charles Perrault, recogió en un volumen de cuentos, una leyenda de tradición oral surgida en Centroeuropa, con la intención de prevenir a las niñas de encuentros con desconocidos. Se trata de el cuento de Caperucita Roja que pretendía remarcar los peligros de las niñas cuando abandonaban el poblado seguro y se adentraban en el bosque. Simbólicamente es muy rico: 
Caperucita Roja representa la ingenuidad pero también el atrevimiento, la transgresión de la norma. De hecho, la capa roja indica al mismo tiempo inocencia y pasión. 
El camino a casa de la abuela simboliza los peligros de conlleva transitar por parajes desconocidos.
El lobo representa la maldad, las malas intenciones de los sujetos que pueblan ese camino. La abuela es un claro ejemplo de lo fácil que es hacerse pasar por otro, esconder la identidad propia y  la feliz mamá, crédula, confiada de su hija, que no solo no toma precauciones sino que la expone aunque sea de manera inconsciente al peligro.

En la actualidad no sé que uso se hace de este cuento —yo sí recuerdo habérselo contado a mi hija—, pero tengo claro que es de plena vigencia. Basta con que lo adecuamos a la realidad diaria y su moraleja, «no fiarse de las personas en general pues no sabemos sus intenciones», seguirá siendo válida. 
Son muchos niños los que se se adentran en el mundo virtual (el bosque), ingenuos, inocentes y, al mismo tiempo, atrevidos, con ansia de conocer qué hay más allá de la pantalla sin que sus padres adviertan el peligro que conlleva. Los acosadores en general, depredadores psicológicos, sexuales (los lobos), acechan por los rincones de las redes sociales a la espera de saltar sobre sus víctimas. Pero no lo harán directamente sino con engaños, con juegos, con golosinas irresistibles para ellos que nunca rechazarían.  Más adelante, se disfrazarán de personas cercanas (la abuela), y aunque  intenten cerciorarse de que realmente están tratando con alguien de confianza, su inmadurez les impedirá advertir el peligro y caerán de pleno en las garras del lobo, del depredador. ¿Y dónde estaba el cazador que salva a la niña y mata al lobo? Por desgracia para muchas de estas niños, en la actualidad, el cazador no apareció y sucumbieron. No hubo un final feliz.
Y por eso me reitero en que siguiendo la tradición oral debemos levantar la voz, pregonar los peligros que se derivan de una mal uso de Internet; crear estrategias, dotar de armas suficientes (cazadores) que ayuden a nuestras/os Caperucitas/os a comprender lo arriesgado de caminar por ese frondoso bosque virtual, a fin de que lo hagan con seguridad y sin «entablar conversaciones con extraños».


 
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