sábado, 30 de abril de 2011

¡Sorpresa!

¡Sorpresa!¡Sorpresa!


Ayer recibí por correo el libro El crack del 2009 que auna relatos de muchos escritores bago la batuta de Noemí Trujillo, que ha realizado una excelente labor, no sólo con el libro, sino con la organización del evento Villapoética celebrado en el mes de Marzo.

Este libro es un conjunto de relatos de autores que ponen el punto de mira de sus plumas en la situación de crisis económica que vive España y otros paises occidentales. Es un libro que se puede calificar de crítica social y de costumbres, asi reza en las primeras frases que inician el prólogo.
Cuento con la suerte de encontrarme entre esos 49 autores junto a maestros como Lorenzo Silva, Ramón Alcaráz... y compañeros de viaje, y algo de maestros,  como Carmen Andujar, Lola Buendía, Mar Solana, Juanma Sosa...
Mi relato se titula Venganza y fue un micro que colgué aqui, en este blog, en un jueves.
Si alguno está interesado en leer estos magníficos relatos cortos puede pedirlo a la propia Editorial


Ahora os dejo, que tengo un sin fin de relatos sobre la radio que leer y comentar. Feliz fin de semana.
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Ana María Matute recibe el premio Cervantes




EL QUE NO INVENTA, NO VIVE...
Quien desee leer el discurso en su totalidad lo puede hacer en el siguiente enlace. Merece la pena.
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miércoles, 27 de abril de 2011

Este jueves un relato: Mi radio


He de confesar que no soy persona que se entretenga escuchando la radio. Nunca se me ocurre ponerla y tan sólo, en algunas insomnes noches  me he acordado de ella, y por imitación de mi marido, que la escucha a todas las  horas de la noche, o por lo menos la tiene debajo de la almohada siempre y encendida, la he sintonizado consiguiendo que en lugar de vencer el insomnio, me ponga de los nervios y me desvele aún más.
Escarbando en mi memoria radiofónica, ligada a mi infancia, me vienen a la mente algunos recuerdos de distinto sabor y color.
Amargo y negro el que tengo de algo que creo se llamaba carrusel deportivo, que mi padre escuchaba los domingos por la tarde si estábamos en a todo volumen y si estábamos en la calle dando un paseo con la radio pegada a la oreja. Si el ganaba su equipo, fenomenal, si no lo hacía, la tarde de domingo se convertía en una pesadilla.


Dulce y dorado el de la canción del Cola-Cao. Me encantaba aquello del negrito del Africa tropical, que muy bien no sabía de dónde procedía pero que traía un producto maravilloso, que te aportaba energía para todo el día y te hacía diferente, la mejor. Yo insistía a mi madre que me lo comprara, no siempre lo conseguía.

Salado y gris el de aquellas eternas novelas de sobremesa llenas de desgracias en las que las protagonistas, siempre pobres, no parecía levantar cabeza, hasta que algún rico se cruzaba en su camino y donde los malvados daban risa; sin entrar a debatir cuestiones sobre los escasos efectos especiales que de vez en cuando se escuchaban.

Picante y rosa, el del programa canciones dedicadas, sobre todo cuando pasamos de la copla, que no me gustaba, a la canción ligera. Cuando escuchaba aquello de "Gervasio le dedica esta canción a su amada Rosa, en señal de su amor eterno", me ponía en el lugar de Rosa y experimentaba una intensa emoción soñando con que algún día algún chico me dedicara una a mí.

Dicen que la envidia es de color verde, pues verde y agridulce es el que tengo de los famosos niños del programa radiofónico Operación Plus Ultra; valientes, buenos, sacrificados, entregados a los demás. Las hazañas de esos niños eran inigualables y yo les envidiaba. Se les homenajeaba por doquier, salían en el Nodo, en las revistas, viajaban en avión… Héroes de mi infancia, a los que que quería imitar.
Yo soñaba con ser una de ellos y por la noche rezaba con encontrar a esas almas a las que ayudar. No lo conseguí, pero no dudo que todo lo aquí he contado forma parte de mi acerbo vivencial y han contribuido, de la manera que sea,  a ser quién soy.

Más radios en casa de Gustavo
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martes, 26 de abril de 2011

El dia del libro: Bajo los tilos




Cuando en la entrada anterior os regalé la flor por el día del libro, tambien pensaba regalaros el primer capítulo de mi novela Bajo los tilos. El poder hacerlo le ha llevado tiempo a mi amigo Manuel del blog  Manu_Thais un día y como siempre  lo ha conseguido.
Os lo dejo  aquí y en la en la parte superior de la columna de la derecha. Si alguien quiere leerlo y le gusta, le haré llegar el resto.
Gracias lectores, espero vuestras opiniones.


Primer Capítulo
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domingo, 24 de abril de 2011

Crónica de una ausencia no anunciada



El seis de abril hice mi última entrada en este blog.
Ha sido una ausencia no planificada; aunque dias antes había visto, incluso comenté con algunos bloggueros, como algunos blogs en los que las ausencias por una u otra causa se hacían manifiestas, en ningún momento pensé dar este parón, pero las cosas surgen como quieren no como planeamos.
El trabajo fue la primera causa que me mantuvo sin poder participar después de aquel a cuatro manos. Asistí a un congreso en Sevilla que me ocupó desde el jueves al sábado. Nada más terminar el congreso, cogí un AVE a Madrid, que me plantó en la reunión de blogueros del kilómetro 0, que seguro ya conoceis por las entradas que se han hecho en cada blog, por las fotos que han colgado y por el video que hizo Maat. Yo, tan sólo compartí unas pocas horas, pero las suficientes para confirmar lo que ya sabía de cada uno. Una cena cordial y entrañable con gente que se entiende mediante las palabras y que a veces le cuesta encontrara las adecuadas para expresarse.


Cris, alfredo, cass, tesalo, manu, natalí, ferran, medea, gus, yo, maat,  mar, celia, sam y su marido y juan carlos

La vuelta al trabajo coincidió con el ataque de un traidor virus catarral  de primavera, que me dejó afónica, sin ganas de nada y con la tensión por los suelos. Mi relato sobre la historia quedó en el tintero, mientras yo me refugiaba en la cama, que era donde mejor me encontraba, ansiando las vacaciones de Semana Santa.

Me fui a la playa y allí, poco a poco mi recuperación se hizo manifiesta, rodeada al principio por Carlos y mi hija y luego por mis amigos Antonio y Maribel y sobre todo por sus nietos Ana, Javier y Blanca con los que he disfrutado como si fueran mios. Lo único adverso  y hostil en esos días fue el tiempo. Sólo he podido tomar una horita de sol, suficienta para recargar las pilas y tirar pa´lante.


 Javier
 Blanca
Ana 
En esos días, también tuve la suerte de que Cass hiciera un descanso en su viaje de Granada a Marbella y nos encontramos durante media hora en la que no paramos de conversar.

A mi regreso a Córdoba, tuve la oportunidad de cenar con Manuel y Medea (Ana) que estaban con unos amigos del facebook pasando unos días en Córdoba, a los que le pusimos cara y cuerpo real, Lola y Jose, y aunque la lluvia nos impidió pasear, tomamos unas excelentes tapas en Las bodegas Campos que nos hicieron recordar, de nuevo, lo bien que lo pasamos en la boda de mi hija.



Ayer, día 23 de Abril, se conmemoró el día del libro y de San Jordi, con el típico regalo de una rosa. Yo, como ya sabeis que soy un poco anarca para esto, os regalo una flor de cerezo, de mi viaje al valle del Jerte.


No vemos el próximo jueves. Feliz semana para todos. 


------Gifs Animados - Imagenes Animadas-----
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miércoles, 6 de abril de 2011

Este jueves un relato a cuatro manos





Caras, rostros...


Tambaleándose por el pasillo caminó hacia su compartimento. Abrió la puerta y en su rostro se dibujó la decepción. Había otra mujer, sentada junto a la ventanilla. Ya era mala suerte...

Cuando la vio en el dintel de la puerta del compartimento, María, se alegró. No quería compartir viaje con un hombre, estaba harta de ellos. Unos mentirosos, embaucadores de serpientes, como bien le había advertido más de una vez su madre, que en paz descanse; sin que ella, llevada por la soberbia de la juventud, le hubiera hecho caso.

Cada noche subía a aquel tren, al mismo vagón, y se acomodaba en el mismo compartimento. Desierto. Porque a ella le gustaba estar sola, viajar sola, abrir su libro, dejarse llevar por sus pensamientos, pero en soledad.
Un breve saludo, un comentario intrascendente con aquella joven y Lidia se arrimó al ventanal. Miró hacia la oscuridad del exterior. Quiso ver más allá de las tinieblas, pero sólo encontró la frialdad del cristal que besaba su frente. Intentó un esbozo de conversación con la mujer sentada frente a ella pero ésta no parecía tener muchas ganas de conversar. Mejor dejarlo. Quizá se bajara en la próxima estación. O en la siguiente.

El tono de voz con que la saludó era distante. María, se lamentó. No era lo que esperaba. La frialdad de sus escasas palabras y su huidiza mirada no la animaron a continuar una insulsa y protocolaria conversación, que no era lo que ella precisaba. Quería, mejor dicho, necesitaba con desesperación afecto. Un afecto que nadie le daba, que le librara de la angustia que como una losa le apretaba en el pecho, pero la mujer de cabello oscuro y repeinado, de tez cetrina, parecía un ser solitario. No la ayudaría.

En el reflejo de la ventana vio brillar los dorados de las rejillas del portaequipajes, el bolso de la desconocida, de charol negro, el chaquetón que ocupaba el asiento contiguo y el contorno de los cuerpos de ambas. A la luz mortecina del compartimento, los rojos, los azules y sus rostros, desdibujados, adquirían tintes siniestros.

Miró hacia la ventana, en la oscuridad de la noche vio el reflejo de su rostro y el de la mujer sentada frente a ella velados, como si fueran espectros. Su compañera de departamento mantenía la mirada perdida en ese espacio entre el cristal manchado por la lluvia y la nada.

Suspiró. Fuera llovía. La joven sentada frente a ella se movió. La cara de aquella mujer se reflejaba ahora completamente en el cristal y los reguerillos de agua deslizándose por la ventanilla daban el efecto de que estuviera llorando. Un cierto pudor le impidió mirarla directamente, pero quizá lloraba de verdad. Le llamó la atención el brillo de sus labios, unos labios gordezuelos, sensuales, pintados de color rojo desvaído. Se pasaba la lengua continuamente por ellos. Terminará sin pintura, pensó Lidia, y eso no favorece su rostro suave y redondeado. ¿Qué era lo que le resultaba familiar de aquella joven? ¿La había visto anteriormente?

María no pudo reprimir que la congoja que sentía saliera en forma de lágrimas que se mezclaban, en el improvisado espejo, con el agua que lo profanaba. Así se sentía ella. Profanada por aquel hombre malvado que después de violarla, incluso se había reído de ella. Profanado su cuerpo, y ahora su vientre, con ese hijo del diablo que crecía dentro de ella… por pocos días, se dijo, mientras las lágrimas resbalan por su mejillas, arrastrando el maquillaje de su rostro con el había procurado disfrazar su pena, su odio, su mala suerte…

La chica hizo un pequeño mohín que le endureció los rasgos. Sus ojos se encontraron brevemente. Está tensa, se dijo Lidia. Es como si estuviera masticando rencor, tan fuerte tiene apretada la mandíbula. Claro que quizá sólo era producto del reflejo y de la mala luz. Qué intrigante… tenía también una cicatriz sobre la frente. Frente ancha, mente despejada… Lidia se sonrió. La de tonterías que se pueden pensar cuando una va en un tren, en un compartimento, frente a un desconocido. Mejor sería volver a su libro y dejar de mirarla...

Tan sólo había pasado una página cuando se volvió hacia la chica.
-Perdone, pero creo haberla visto antes. ¿No ha pasado esta mañana por la consulta del doctor Andradas?
Vio la sorpresa en el rostro de la mujer. Iba a decir a algo, pero Lidia continuó hablando.
-Claro que sí, ha estado allí hacia las doce, ahora la recuerdo bien.

La miraba con fijeza pero no conseguía ubicarla en la consulta del doctor. El doctor que había confirmado lo que ya sospechaba, el embarazo. Lo cierto es que estaba tan azorada que no me fijé en nadie. Además el doctor dijo que no me podía ayudar para quitarme de encima este engendro que me carcomía. Intentó convencerme de que lo diera en adopción, sin conseguirlo. Mañana me desharé de él y terminará mi tormento, pensó.

El rostro de la chica mostraba una cierta desconfianza. También concentración. Sin duda estaba tratando de ubicar a la desconocida sentada frente a ella. Se mordía los labios y de nuevo las lágrimas – sí, no cabía duda, había estado llorando – afloraron a sus ojos.
- No, no se preocupe, es improbable que se acuerde de mí porque tan sólo entré en la consulta unos minutos, pero mi colega me puso al corriente de su caso.

—No la recuerdo, lo siento. ¿Usted también es médico?
Esperaba una respuesta afirmativa y deseaba ante todo ayuda. Tenía pánico, no, en realidad terror a lo que iba a hacer. Muchas mujeres morían a manos de esas abortadoras clandestinas y ella quería vivir. Poder disfrutar de la vida que aquel malnacido le había arrebatado aquella noche que la cogió en el portal de su casa. No tenía otra opción.

-Sí, efectivamente, soy ginecóloga. Desgraciadamente, nos encontramos a menudo con casos como el suyo. Sobre todo de chicas muy jóvenes. Ya sabe… una noche de baile, un encuentro fortuito, algo de alcohol… y luego no recuerdan nada.

—Lo mío no tiene que ver con eso. Yo quería a ese hombre, pensaba que era el mejor del mundo. Que por una vez la vida me había sonreído hasta que se desató el monstruo que era…

El rostro de la chica se ensombreció y sus ojos se abrieron queriendo comerse el mundo.

-Ya sé. Ya sé que no es su caso, pero el resultado es un embarazo que les complica la vida. El doctor Andradas no es partidario de abortos, ni siquiera en casos en los que el feto tiene problemas. Usted, ¿está segura de que no desea ese hijo? Tiene que tener las cosas muy claras. ¿Qué le parece si…? Ya que en caso de… Casi es preferible a… Y, por supuesto, todo sería…

Alguien le brindaba la posibilidad de hacerlo con seguridad. Conforme hablaba aquella mujer su corazón se serenaba y el pellizco del estómago se hacía una leve molestia. Quizás, aún tuviera posibilidad de comenzar de nuevo. Miró hacia la ventana y su reflejo le devolvió la María de siempre, la cándida, feliz y confiada María de siempre. Ella misma, su rostro sereno. Ahora se reconocía en aquel improvisado espejo y el rostro de aquella, de la que ni siquiera sabía el nombre, dispuesta a prestarle ayuda desinteresada le pareció la de un ángel. ¿Existirían de verdad?

Conforme Lidia hablaba, la joven parecía más y más interesada. Aquella cara suave, de rasgos aniñados, que media hora antes mostraba signos de desesperación, iba recuperando la calma conforme escuchaba a la doctora. Había dejado de llover. En la penumbra del compartimento dos mujeres, mano a mano, trataban de resolver problemas, de buscar salidas. En el reflejo del cristal Lidia pudo ver los ojos de la muchacha. Aquellos hermosos ojos, antes apagados, brillaban ahora con la chispa de la esperanza.

Maria del Carmen Polo y Maria José Moreno

Para mi ha sido un honor trabajar con Mari Carmen. Sin buscarlo nos hemos compenetrado de maravilla. Gracias a Gus por brindarnos esta posibilidad.
 
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