sábado, 24 de septiembre de 2011

Mi calle



En la calle no había un alma.
Los habitantes de las casas habían desertado como las ratas en un barco ardiendo,  al comprobar que la epidemia se extendía. El terrible virus, para el que no existía cura, llamaba a las puertas terminando con la vida de niños y mayores. Las casas deshabitadas,  la calle  desierta; tan sólo un hombre se había negado a abandonar su casa, que también fue la de sus padres, la de sus abuelos. Solo en el mundo, no tenía donde ir, ni piernas que le transportaran; si el virus del que había escuchado hablar le atrapaba se dejaría abrazar por él hasta que le llevara a las puertas del hades. Temía más  la vida que  la muerte.
Un accidente de coche le dejó postrado en la cama, en manos de enfermeras, fisioterapéutas, asistentes sociales, vecinos, familiares retirados, amigos que no lo eran tanto…que terminaron cansándose de aguantar sus lamentos, las quejas por su mala suerte y las limitaciones de un cuerpo de trapo que no respondía a las órdenes de su cerebro. Un cerebro inteligente, capaz, que no dejaba de torturarle por su irresponsabilidad, por haber cogido el coche en aquel lamentable estado de embriaguez tras la despedida de soltero de su mejor amigo. Su mejor amigo… al que no pudo acompañar en su boda, al que no ha vuelto a ver desde entonces. Un cerebro que manipulador de sus culpas,  movilizador de sentimientos contrapuestos, imparable, irrefrenable como su automóvil en aquella noche en que la nieve hacía por primera vez su aparición. Ansiaba que el virus llegara para abandonar aquel lecho de opresión, de calvario del que nadie quería sacarle…
Sintió un escalofrío y el sudor perló su frente. Allí estaba el enemigo mortal que lo infectaría, que acabaría con él. Una sacudida le zarandeó el cuerpo, levantándole unos milímetros de la cama. ¿Cómo puedes ser?, se preguntó. Al instante sintió un tiró de los brazos, y al poco sus piernas comenzaron a moverse en una macabra danza de huesos y fláccidos músculos. Su cerebro, tan lúcido hasta ese momento no era capaz de interpretar lo que sucedía. La activación corporal progresaba a medida que su mente era más confusa. Este virus me ha curado, pensó. Puedo sentir, muevo lo que antes era un peso muerto, pero se está apoderando de mi conciencia, dirige a mi cerebro a su antojo. ¡Dios mío! Gritó sin que nadie le oyera. No había nadie. Las casas deshabitadas, la calle vacía...
—¡Venga Raúl, despierta, despierta! Menuda melopea te has pillado. No debiste tomarte los tres cacharros tan seguidos, ya sabes que el ron es de garrafón.  ¿Y qué decías de un virus que te había infectado y de que estabas postrado en una cama? ¡Anda que voy a salir más contigo! Vamos, buscaremos un taxi y te dejaré en tu casa.


**La razón de escoger este relato, es que mi calle, muy tranquila de día, es la preferida en determinadas épocas del año por los jóvenes para aparcar sus coches cuando van de "marchita" lo que provoca que a altas horas de la madrugada me despierten  por las voces, cantos... y demás de estos irresponsables chicos cuando van a recoger sus coches.


Más en casa de Gustavo
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domingo, 18 de septiembre de 2011

GRACIAS...





Gracias por haberlo hecho posible. Baldomero ya está en tres mil hogares.
¡Ahora a por los 5000!

Baldo escuchaba atento mientras, por el espejo retrovisor, reparó en las gafas de sol tan poco apropiadas; en su amplio escote, que dejaba entrever dos pechos grandes y turgentes; en los prietos y largos muslos; en esa manera  de arrastrar las erres  y en lo rubio de su largo cabello. Era inconfundible. Unas gotas de sudor corrieron por su frente. Es una puta de alto estanding, de esas que vienen de los países del Este. A estas horas en la calle no puede ser otra cosa, pensó. Y al instante se sintió fatal, él no era nadie para juzgar. Una especie de culpa, miedo y congoja le sacudió el estómago, mezclándose con el café con leche y los picatostes que su madre le había obligado a tomar a las cinco y media de la mañana y que ahora amenazaban con salir en escopetazo. No debí desayunar a estas horas,  mucho menos pan frito, pero cualquiera le decía a doña Cándida que no, después de levantarse de madrugada para prepararlo. 
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jueves, 8 de septiembre de 2011

Este jueves un relato : No se puede hacer más lento



El aire huele a algodón de azúcar y manzana caramelizada. Por  el altavoz de la tómbola, a todo volumen,  se anuncia  la venta de papeletas para el sorteo del magnífico e inigualable “perrito piloto”, el preferido de los niños; al fondo, la música de la noria invita a  subir en ella. Felipe descansa en una inestable silla a la sombra de unos de los pocos árboles que hay en el recinto ferial; espera a que el sol de apague y la bulla  deambule de aquí para allá; que los niños excitados se suban a los cacharritos, mientras las mamás los miran con embelesadas sonrisas y que los padres, aburridos, se fijen en él. Ese es el momento, su momento. Es lo único que sabe hacer y lo hace muy bien. Todo los días saca lo suficiente para un vivir, como sacaba su padre y su abuelo.
Felipe frota sus manos, las calienta, las prepara, las alerta, las acaricia como su más preciado tesoro, arrima  la mesa pequeña donde reposan los cubiletes y de pronto se le  escucha decir: ¿Dónde está la bolita? Al principio como un susurro hasta que su garganta se aviva para hacerse escuchar entre el enjambre de ruidos. Dos hombres, salidos de la nada, se acercan y apuestan. Felipe, el trilero, maneja los cubiletes con tal destreza que parece que sus manos tuvieran alas. En la primera apuesta no aciertan, pero sí en la segunda y en la tercera. El señor de la chaqueta parda se lleva tres billetes, se aleja contento enseñándoselos a la gente y comentando lo fácil que le ha sido acertar.
Manuel mira como la gente se agolpa alrededor de la mesita, introduce  la mano en el bolsillo del pantalón y toca el dinero que lleva, el único que le queda después de montar a su hijo en los caballitos. Sería una buena manera de poder sacar algo y llegar a fin de mes, piensa. No debe ser tan difícil cuando hay gente gana. Es cuestión de fijarse bien, de tener retentiva y a mí en eso nadie me gana. Le hace señas a su hijo para avisarle de que se va hacia el lugar donde se juega.
De pie delante de Felipe apuesta tímidamente. El trilero bocea ¿dónde está la bolita?, al mismo tiempo que con gran ligereza ubica y reubica los cubiletes. Debajo de este responde Manuel. Sí, señor, acertó, dice el trilero. Recoge el dinero y saca más del bolsillo, continúa apostando. Su hijo se ha colocado a su lado y él, metido en la faena del juego, ni siquiera lo ha advertido. Esta vez no acierta, ni la siguiente, ni la siguiente… El chico, que conoce las penurias que pasan, le tira de la manga de la chaqueta. Manuel con ojos enloquecidos le grita: una vez más, necesitamos ganar.  Entonces, el niño mira con ojos miedosos a Felipe y le suplica: ¿Lo puede hacer más lento?, es el único dinero que tenemos hasta fin de mes.
Aquella mirada de cordero degollado llega hasta el alma del estafador; nunca le había sucedido nada igual, en toda su vida se le había encogido el corazón de aquella manera, ni nada ni nadie había despertado su conciencia. Sus manos se acompasaron en un vaivén  más lento casi sin darse cuenta, cuando paró el padre dijo la bolita está debajo de este…, allí se encontraba. Manuel cogió el dinero con rapidez, su hijo tiró de él sin apartar la vista de Felipe al que sonrió agradecido, no necesitaron palabras. Al instante se escuchó d enuevo: ¿Alguien se atreve? ¿Dónde está la bolita?
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sábado, 3 de septiembre de 2011

2300 descargas....



Tras la subida a youtube del video las descargas se han disparado. En este momento son 2300 las personas que se han hecho con el libro y lo más importante, los comentarios que dejan. 
Esta tarde me he quedado gratamente sorprendida cuando por twiter una persona desconocida para mi me ha escrito: " Me he leido tu libro entero esta mañana. Ha sido ameno y divertido. Al final te quedas con ganas de más. Un abrazo y enhorabuena".
Este comentario y otros en el mismo sentido que he recibido son mucho más importante para mí que el número total de descargas.
Gracias
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