domingo, 5 de julio de 2009

La caricia de Tánatos.

Este es el comienzo de mi novela, el resto está en manos de "los poderosos" a la espera de una respuesta...

En cuanto abro los ojos me ciega la claridad que penetra por la ventana. Sólo necesito un instante para darme cuenta de que otra vez me he dormido. Retiro la sábana con brusquedad y salto de la cama ante la desconcertada mirada de mi perra. No es la primera vez que me pasa. Desde hace tiempo padezco insomnio y ni siquiera las técnicas que enseño a mis pacientes me sirven para contrarrestarlo. Al final, después de un sin fin de vueltas en la cama, el sueño me vence y lo hago tan profundo que no escucho la alarma del despertador.
Anoche, ilusa de mí, creí que sería diferente. Estuve leyendo hasta las tres de la madrugada y como me noté muy cansada pensé que me dormiría enseguida. Cerré el libro y apagué la luz. Ni diez segundos tardaron los ojos en abrirse como platos. Y tras ello, como siempre, los fantasmas internos me visitaron, llenando mi mente de angustia y confusión. Así hasta las cinco de la mañana.
Me meto bajo la ducha sin dar tiempo a que el agua se caliente, confiando en que el frío me libre de la resaca del desvelo. Son las diez menos cuarto y he citado al primer paciente dentro de un cuarto de hora. Casi sin secarme me dirijo al armario. En una dificultosa postura, digna de un equilibrista, me pongo el pantalón vaquero, la camisa de manga corta y cepillo mis dientes, al mismo tiempo. Luego, me aliso el pelo con los dedos, voy hacia la entrada y descuelgo el bolso de la percha. Salgo a la calle dando un portazo.
Mientras bajo en el ascensor, desecho la idea de utilizar el coche porque a esta hora el tráfico es muy denso. Ando a paso ligero las cinco calles que me separan de la consulta, y corro en algunos momentos. Sin resuello y sudorosa, pero con tres minutos de adelanto sobre la hora prevista, introduzco la llave en la cerradura y me tropiezo de frente con Marta que, preocupada por mi tardanza, abre la puerta al escuchar mis rápidos pasos.
—Buenos días. Me he vuelto a dormir. Dame un minuto para que mi corazón se serene y comenzamos —digo atropelladamente.
Llego a mi despacho y lo primero que hago es apartar a un lado el correo, que Marta ha dejado encima de la mesa, para examinar las historias clínicas. De refilón, echo un vistazo al calendario, que me muestra sin compasión la fecha de hoy: dieciocho de septiembre de dos mil ocho. El estómago se me revuelve y una sensación mezcla de miedo, odio y deseos de venganza.
Marta asoma la cabeza por la puerta. Señala con el dedo el reloj de su muñeca, advirtiéndome de que la hora ha llegado, mientras le oigo decir:
—Va a pasar David, y creo que no viene muy bien.
—De acuerdo —digo a la vez que suspiro.
No me hace ninguna gracia pasar los siguientes cuarenta y cinco minutos tratando de solucionar los problemas creados por la impulsividad de un adolescente malcriado. David asiste a terapia motivado sólo por la insistencia de sus padres, que amenazan con quitarle la moto si deja de visitarme. Vuelvo a suspirar y me dispongo a recibirle.
La sesión con el chico transcurre dentro de la normalidad, una pérdida de tiempo para ambos. Cuando se marcha, anoto en su ficha: “Hablar con los padres para dar por finalizado el tratamiento”. Suelto la pluma y recuesto mi espalda en el alto respaldo del sillón. Diez minutos de descanso antes del siguiente enfermo. Entorno los ojos para relajarme. De fondo oigo la voz de Marta.
—Mercedes, ¿has mirado la correspondencia?
—No. No he tenido tiempo —le respondo abriendo los ojos y echando el cuerpo hacia delante con displicencia—. ¿Por qué?
—Cuando llegué esta mañana, el portero me dio una carta de alguien que estaba citado hoy a las doce. Igual te escribe para anular la cita —dice vacilante—. Me vendría muy bien salir en esa media hora a la papelería, porque a Alba le han pedido en el colegio que lleve… Ésta es —señala expectante ante mi reacción.
—¿Has dicho a las doce? Dámela —le ordeno sin esperar su respuesta.

Rompo el sobre. Mis manos tiemblan y con dificultad extraigo la carta. La desdoblo y, nada más ver la pulcra escritura, reparo en que mi corazón se acelera en un ruidoso palpitar y que un retortijón en el vientre me obliga a doblarme. Levanto la cabeza y lanzo una mirada suplicante a Marta. Sin embargo, ésta no entiende nada de lo que sucede. Nadie lo sabe más que yo



16 de Septiembre de 2008

Estimada Mercedes:
El día 18 de septiembre tenía una cita contigo, pero lamento comunicarte que me he marchado de la ciudad.
Sé que te extrañará recibir esta carta, pero no me gusta faltar a mis obligaciones y menos con mujeres como tú. Te debo una explicación.
El interés que mostraste por “mi problema” fue muy importante para mí. Aunque he de confesarte que no existía. Todo era inventado. No tengo ningún conflicto con las mujeres. Ellas me adoran.
Fuiste para mí una gran maestra y sobre todo una excelente competidora.
¿Tú crees en el destino? Yo sí, ciegamente. Hace y deshace. El destino nos ha juntado. ¡Joder, Mercedes! Tú y yo somos poderosos, fuertes. ¿No te has dado cuenta de la buena pareja que formamos?...

Las lágrimas me nublan los ojos y me impiden seguir leyendo. El miedo me hace temblar. La carta resbala de mi mano y cae al suelo. Un desalmado ha puesto sus ojos en mí…



2 comentarios:

  1. Sin duda un buen comienzo, esperemos que "los poderosos" sean tambien "inteligentes" y decidan su publicacion cuanto antes mejor

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  2. Con este comienzo tan sugestivo, no es nada aventurado afirmar que el resto de la novela cautivara al lector. Se supone que los poderosos deben ser inteligentes y entonces seguro que podremos disfrutar de la lectura de esta novela.

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